29.03.07El 2 de abril no es aún mayor de edad
La derrota que vino pudo haber abierto los ojos de muchos, pero sólo los cerró más. Gran parte de la izquierda argentina aplaudió la gesta malvinera con la misma realpolitik que había movido a Costa Méndez a abrazar a Fidel Castro, sin detenerse a pensar por un momento lo que hubiera sido de los kelpers de haber pasado a ser gobernados por el general Luciano Benjamín Menéndez, señor de la vida y de la muerte del Tercer Cuerpo de Ejército, en Córdoba.Por Claudio Uriarte
El 1º de abril de 1982 una gran manifestación obrera copó y fue desbandada de la Plaza de Mayo, en Buenos Aires. Y al siguiente día 2, la flota argentina desembarcó en las lejanas, irredentas, islas Malvinas. De ese desembarco se cumplen este mes 25 años, pero la invasión argentina de lo que Gran Bretaña considera "sus" Falkland Islands no ha llegado a la mayoría de edad. En las sociedades abiertas, las teorías de las conspiraciones circulan y, aún más, conspiraciones verdaderas; en las sociedades cerradas, en cambio, todo es conspiración, o al menos su teoría. El desembarco del 2 fue interpretado por muchos como un desvío para alejar la presión social, como si un día bastara para montar la compleja operación logística de semejante empresa; la derrota de mediados de junio posterior, como una puñalada en la espalda de los sectores más "conservadores" (léase anglófilos, o atlantistas) del poder norteamericano.
El pueblo se lanzó a las calles y a la Plaza de Mayo para dar al general Leopoldo Galtieri sus quince minutos de gloria protoperonista; la prensa fue, como de constumbre, de un triunfalismo repugnante, y a la hora de la derrota, aquel mismo pueblo maldijo a los conductores y despreció a los ejecutores derrotados (los soldados de a pie), con el mismo oportunismo que suele aplicar a sus equipos de fútbol favoritos, a medida en que pierdan el partido en que tantas esperanzas habían depositado. En este sentido, la guerra de 1982, que precipitó el final de los siete años de gobierno castrense, fue la contracara trágica del triunfal Campeonato Mundial de Futbol de 1978, del cual sólo la cobardía dubitativa de la Junta Militar en el gobierno le impidió arrancar un referendo político de legitimación, un poco en el estilo en que el gobernante dictador Augusto Pinochet en Chile había empleado circustancias tácticas oportunas para legitimarse a sí mismo y a su Constitución en forma sucesiva.
Pero lo verdaderamente notable de Malvinas fue el modo en que la clase dirigente se engañó a sí misma. Primero pensaron que los ingleses no iban a responder; después, cuando respondieron, que la Argentina iba a contar con apoyo norteamericano; luego, cuando este último asunto estaba en debate, se ilusionaron con la importancia de la "guerra sucia" con que la Argentina entrenaba a los militares de ultraderecha para combatir en el Salvador... Creyeron en las simpatías de un sector del gobierno norteamericano (encabezado por la embajadora a la ONU Jeane Kirkpatrick) contra las del verdadero Establishment (el del secretario de Estado Alexander Haig), que veía correctamente a El Salvador y Honduras como teatros marginales de una guerra, fría pero mucho más temible, que se desarrollaba en Europa, contra la Unión Soviética y sus aliados del Pacto de Varsovia; una guerra en la cual, para colmo, habían surgido tendencias pacifistas en el sector occidental, y donde Gran Bretaña era la principal aliada de Estados Unidos... La crónica no está exenta de detalles absurdos, como la compra apresurada de mapas modernos de Malvinas por agentes argentinos en librerías británicos al descubrir que los que poseía la Cancillería estaba anticuados, o la pregunta en un ascensor de la ONU del entonces Canciller Nicanor Costa Méndez a este periodista sobre la posición de la flota inglesa, o la transmisión por este mismo periodista de la fecha exacta del desembarco inglés en las Islas Georgias (una filtración del Departamento de Estado) sin que los grandes estrategas de Buenos Aires prestaran atención alguna. Una sociedad cerrada se cierra ante todo frente a la información.
La derrota que vino pudo haber abierto los ojos de muchos, pero sólo los cerró más. Gran parte de la izquierda argentina aplaudió la gesta malvinera con la misma realpolitik que había movido a Costa Méndez a abrazar a Fidel Castro, sin detenerse a pensar por un momento lo que hubiera sido de los kelpers de haber pasado a ser gobernados por el general Luciano Benjamín Menéndez, señor de la vida y de la muerte del Tercer Cuerpo de Ejército, en Córdoba. Es que, según dijera el Dr. Johnson, el patriotismo es el último refugio de un canalla. Y la "argentinidad" de las Malvinas sigue siendo cierta solamente en los mapas de algunos libros de texto.
El 1º de abril de 1982 una gran manifestación obrera copó y fue desbandada de la Plaza de Mayo, en Buenos Aires. Y al siguiente día 2, la flota argentina desembarcó en las lejanas, irredentas, islas Malvinas. De ese desembarco se cumplen este mes 25 años, pero la invasión argentina de lo que Gran Bretaña considera "sus" Falkland Islands no ha llegado a la mayoría de edad. En las sociedades abiertas, las teorías de las conspiraciones circulan y, aún más, conspiraciones verdaderas; en las sociedades cerradas, en cambio, todo es conspiración, o al menos su teoría. El desembarco del 2 fue interpretado por muchos como un desvío para alejar la presión social, como si un día bastara para montar la compleja operación logística de semejante empresa; la derrota de mediados de junio posterior, como una puñalada en la espalda de los sectores más "conservadores" (léase anglófilos, o atlantistas) del poder norteamericano.
El pueblo se lanzó a las calles y a la Plaza de Mayo para dar al general Leopoldo Galtieri sus quince minutos de gloria protoperonista; la prensa fue, como de constumbre, de un triunfalismo repugnante, y a la hora de la derrota, aquel mismo pueblo maldijo a los conductores y despreció a los ejecutores derrotados (los soldados de a pie), con el mismo oportunismo que suele aplicar a sus equipos de fútbol favoritos, a medida en que pierdan el partido en que tantas esperanzas habían depositado. En este sentido, la guerra de 1982, que precipitó el final de los siete años de gobierno castrense, fue la contracara trágica del triunfal Campeonato Mundial de Futbol de 1978, del cual sólo la cobardía dubitativa de la Junta Militar en el gobierno le impidió arrancar un referendo político de legitimación, un poco en el estilo en que el gobernante dictador Augusto Pinochet en Chile había empleado circustancias tácticas oportunas para legitimarse a sí mismo y a su Constitución en forma sucesiva.
Pero lo verdaderamente notable de Malvinas fue el modo en que la clase dirigente se engañó a sí misma. Primero pensaron que los ingleses no iban a responder; después, cuando respondieron, que la Argentina iba a contar con apoyo norteamericano; luego, cuando este último asunto estaba en debate, se ilusionaron con la importancia de la "guerra sucia" con que la Argentina entrenaba a los militares de ultraderecha para combatir en el Salvador... Creyeron en las simpatías de un sector del gobierno norteamericano (encabezado por la embajadora a la ONU Jeane Kirkpatrick) contra las del verdadero Establishment (el del secretario de Estado Alexander Haig), que veía correctamente a El Salvador y Honduras como teatros marginales de una guerra, fría pero mucho más temible, que se desarrollaba en Europa, contra la Unión Soviética y sus aliados del Pacto de Varsovia; una guerra en la cual, para colmo, habían surgido tendencias pacifistas en el sector occidental, y donde Gran Bretaña era la principal aliada de Estados Unidos... La crónica no está exenta de detalles absurdos, como la compra apresurada de mapas modernos de Malvinas por agentes argentinos en librerías británicos al descubrir que los que poseía la Cancillería estaba anticuados, o la pregunta en un ascensor de la ONU del entonces Canciller Nicanor Costa Méndez a este periodista sobre la posición de la flota inglesa, o la transmisión por este mismo periodista de la fecha exacta del desembarco inglés en las Islas Georgias (una filtración del Departamento de Estado) sin que los grandes estrategas de Buenos Aires prestaran atención alguna. Una sociedad cerrada se cierra ante todo frente a la información.
La derrota que vino pudo haber abierto los ojos de muchos, pero sólo los cerró más. Gran parte de la izquierda argentina aplaudió la gesta malvinera con la misma realpolitik que había movido a Costa Méndez a abrazar a Fidel Castro, sin detenerse a pensar por un momento lo que hubiera sido de los kelpers de haber pasado a ser gobernados por el general Luciano Benjamín Menéndez, señor de la vida y de la muerte del Tercer Cuerpo de Ejército, en Córdoba. Es que, según dijera el Dr. Johnson, el patriotismo es el último refugio de un canalla. Y la "argentinidad" de las Malvinas sigue siendo cierta solamente en los mapas de algunos libros de texto.
