21.03.07El 24 cumple 31 años
Por Claudio Uriarte
Los aniversarios suelen ser ocasión para la pompa vacía, el desgarramiento de vestiduras, la invocación más o menos actoral de gestos pretéritos, el descubrimiento de placas y estatuas de bronce conmemorativas, la pronunciación de discursos solemnes, la enunciación de principios y gestos de buenos propósitos cuya vigencia suele ser la de la duración de las palabras en el viento de la plaza pública. En el caso del 24 de marzo de 1976 en la Argentina, todas esas instancias fueron agotadas (y aún algunas más) sin que siquiera la redondez del número 30 sirviera para poner un cierre climático a la sucesión de los años. El 24, en otras palabras, es aún historia abierta: Y una historia que se reescribe permanentemente, como si las bandas contrapuestas de interpretación fueran las representaciones fantasmáticas de aquellos bandos que en el pasado se enfrentaron, pero a sangre y fuego. Y es que el pasado mismo cambia con el tiempo.
La primera interpretación fue de carácter militar: las Fuerzas Armadas se levantaron contra un enemigo interno de raíz marxista que postulaba el peligro de la desintegración nacional. Y lo hicieron con consenso pupular, de los partidos y de las confederaciones empresarias. Las frases de "por algo habrá sido" y "así no se podía seguir" surgen como emblemáticas del período. Pero esta relación, que retrata con vividez los sentimientos ideológicos de los protagonistas de la época, falla en su diagnóstico cardinal: la integración nacional nunca estuvo en juego, fuera del intento utópico del Ejército Republicano del Pueblo de enclavar una suerte de Vietnam del Norte en el medio de la provincia de Tucumán. El caos cotidiano, el poder desmesurado de los sindicatos, la fragmentación del Ejército y del Ejecutivo, la mezcla de hiperinflación con automóviles de bandas de ultraderecha rugiendo a través de la ciudad con ametralladoras en alto, junto a la prolija lista de secuestros y asesinatos de las bandas de la guerrilla urbana de izquierda, dieron mucha más base al terror de la inmensa clase media que aplaudió el golpe que cualquier peligro de fractura nacional serio.
Pero el proyecto militar escoró, y se hizo necesario acuñar una nueva leyenda para blanquear las conciencias de la inmensa clase media que ahora iba a votar con el mismo entusiasmo que antes había llenado la Plaza de Mayo para ir a aplaudir la reconquista de las Islas Malvinas por el régimen del general Galtieri. Se trató de la "teoría de los dos demonios", por la cual dos villanos, uno de ultraderecha y otro de ultraizquierda, habrían tomado a la sociedad civil de rehenes de sus respectivos fanatismos ideológicos, desembocando en el triunfo del primero. Una guerra de aparatos. Inocente, la sociedad civil habría sido cogida por sorpresa entre dos fuegos. Y ocho años después, gracias a una imperceptible "lucha popular", (y no a la flota de Su Majestad británica) la democracia habría caído del cielo. El 24 dejó de ser fecha patria, misa, cañón y saludo a la bandera para convertirse en día de conmemoración ignominosa, de reclamos de "aparición con vida" de los desaparecidos y castigo a los culpables. El film "La historia oficial" de esos años se convirtiö en... la historia oficial de esos años: una decente maestra de escuela de clase media alta descubre que su hija es en realidad el fruto de un secuestro de padres desaparecidos. Del "por algo será" se pasó al "yo nunca supe nada". Y para que el pueblo supiera de qué se trataba, las juntas militares que habían dirigido sucesivamente el Proceso fueron sometidas a proceso y en algunos casos se dictaron sentencias de cadena perpetua. Pero los juicios adquiririeron pronto una dinámica autoperpetuante y ya no fueron generales y almirantes retirados sino cuadros medios de la oficialidad activa quienes se encontraron bajo la persecución de los abogados de los familiares de los detenidos-desaparecidos. Eso dio origen a las tragicómicas revueltas de los carapintadas, irónicamente terminadas por el mismo derechista Carlos Menem que indultó a los comandantes de las juntas.
Sin embargo, ése no fue el fin de los 24 de marzo y de sus avatares. Bajo el enérgico mando del presidente Néstor Kirchner, decenas de uniformados sospechados de simpatías con la dictadura fueron dados de baja, y los comandantes de las tres armas fueron más o menos forzados a emitir autocríticas públicas de lo actuado por sus filas durante el período de guerra. La historia fue reescrita nuevamente: ya no habían sido los militares respondiendo al llamado institucional, ni los monigotes de los dos demonios peleándose en un escenario de títeres, sino guerrilleros luchando por la restauración de la democracia... bajo el gobierno electo del general Perón. Los asesinatos de la izquierda se convirtieron en luchas por la copa de leche o el boleto escolar, y los derechos humanos volvieron a ser medidos con doble rasero. También se instaló una dictadura terminológica: alguien que pronuncie hoy la palabra "proceso" es acusado de encubrir la "dictadura", como si "proceso" no definiera inconfundiblemente mejor el caos de la puja interarmas, en muchos casos llegando a la violencia, el secuestro, los robos y los asesinatos; que "dictadura", que postula un dictador único. Esa misma dictadura terminológica proscribe hoy el uso de las palabras "guerra interna" para definir lo ocurrido en los 70, porque ello implicaría desdibujar la imagen de una turba de militares fascinerosos lanzándose sobre aterrados pobladores civiles; la verdad es que hubo armas y consignas de guerra por ambos lados, porque la democracia era el bien político menos preciado en esos años.
¿Con qué 24 nos quedarnos, entonces? Quitándole el melodrama de las palabras "desintegración nacional" la interpretación militar es verídica, en el sentido de que la mayoría de la Nación anhelaba el golpe; sin la presunción social de inocencia de la "teoría de los dos demonios", es verdad que la Argentina de los 70 se polarizó entre extremos muy desagradables, y el disciplinamiento de lo militar a lo civil por Kirchner corona una tarea iniciada (mal) por Raúl Alfonsín, y proseguida (bien) por Menem. La pena es que este último tramo esté signado por el revanchismo y la falta de todo espíritu de reconciliación nacional; solamente la biología, con la muerte física de quienes participaron en aquellos fuegos, parece capaz de hacer que el 24 de marzo sea un aniversario más.
Los aniversarios suelen ser ocasión para la pompa vacía, el desgarramiento de vestiduras, la invocación más o menos actoral de gestos pretéritos, el descubrimiento de placas y estatuas de bronce conmemorativas, la pronunciación de discursos solemnes, la enunciación de principios y gestos de buenos propósitos cuya vigencia suele ser la de la duración de las palabras en el viento de la plaza pública. En el caso del 24 de marzo de 1976 en la Argentina, todas esas instancias fueron agotadas (y aún algunas más) sin que siquiera la redondez del número 30 sirviera para poner un cierre climático a la sucesión de los años. El 24, en otras palabras, es aún historia abierta: Y una historia que se reescribe permanentemente, como si las bandas contrapuestas de interpretación fueran las representaciones fantasmáticas de aquellos bandos que en el pasado se enfrentaron, pero a sangre y fuego. Y es que el pasado mismo cambia con el tiempo.
La primera interpretación fue de carácter militar: las Fuerzas Armadas se levantaron contra un enemigo interno de raíz marxista que postulaba el peligro de la desintegración nacional. Y lo hicieron con consenso pupular, de los partidos y de las confederaciones empresarias. Las frases de "por algo habrá sido" y "así no se podía seguir" surgen como emblemáticas del período. Pero esta relación, que retrata con vividez los sentimientos ideológicos de los protagonistas de la época, falla en su diagnóstico cardinal: la integración nacional nunca estuvo en juego, fuera del intento utópico del Ejército Republicano del Pueblo de enclavar una suerte de Vietnam del Norte en el medio de la provincia de Tucumán. El caos cotidiano, el poder desmesurado de los sindicatos, la fragmentación del Ejército y del Ejecutivo, la mezcla de hiperinflación con automóviles de bandas de ultraderecha rugiendo a través de la ciudad con ametralladoras en alto, junto a la prolija lista de secuestros y asesinatos de las bandas de la guerrilla urbana de izquierda, dieron mucha más base al terror de la inmensa clase media que aplaudió el golpe que cualquier peligro de fractura nacional serio.
Pero el proyecto militar escoró, y se hizo necesario acuñar una nueva leyenda para blanquear las conciencias de la inmensa clase media que ahora iba a votar con el mismo entusiasmo que antes había llenado la Plaza de Mayo para ir a aplaudir la reconquista de las Islas Malvinas por el régimen del general Galtieri. Se trató de la "teoría de los dos demonios", por la cual dos villanos, uno de ultraderecha y otro de ultraizquierda, habrían tomado a la sociedad civil de rehenes de sus respectivos fanatismos ideológicos, desembocando en el triunfo del primero. Una guerra de aparatos. Inocente, la sociedad civil habría sido cogida por sorpresa entre dos fuegos. Y ocho años después, gracias a una imperceptible "lucha popular", (y no a la flota de Su Majestad británica) la democracia habría caído del cielo. El 24 dejó de ser fecha patria, misa, cañón y saludo a la bandera para convertirse en día de conmemoración ignominosa, de reclamos de "aparición con vida" de los desaparecidos y castigo a los culpables. El film "La historia oficial" de esos años se convirtiö en... la historia oficial de esos años: una decente maestra de escuela de clase media alta descubre que su hija es en realidad el fruto de un secuestro de padres desaparecidos. Del "por algo será" se pasó al "yo nunca supe nada". Y para que el pueblo supiera de qué se trataba, las juntas militares que habían dirigido sucesivamente el Proceso fueron sometidas a proceso y en algunos casos se dictaron sentencias de cadena perpetua. Pero los juicios adquiririeron pronto una dinámica autoperpetuante y ya no fueron generales y almirantes retirados sino cuadros medios de la oficialidad activa quienes se encontraron bajo la persecución de los abogados de los familiares de los detenidos-desaparecidos. Eso dio origen a las tragicómicas revueltas de los carapintadas, irónicamente terminadas por el mismo derechista Carlos Menem que indultó a los comandantes de las juntas.
Sin embargo, ése no fue el fin de los 24 de marzo y de sus avatares. Bajo el enérgico mando del presidente Néstor Kirchner, decenas de uniformados sospechados de simpatías con la dictadura fueron dados de baja, y los comandantes de las tres armas fueron más o menos forzados a emitir autocríticas públicas de lo actuado por sus filas durante el período de guerra. La historia fue reescrita nuevamente: ya no habían sido los militares respondiendo al llamado institucional, ni los monigotes de los dos demonios peleándose en un escenario de títeres, sino guerrilleros luchando por la restauración de la democracia... bajo el gobierno electo del general Perón. Los asesinatos de la izquierda se convirtieron en luchas por la copa de leche o el boleto escolar, y los derechos humanos volvieron a ser medidos con doble rasero. También se instaló una dictadura terminológica: alguien que pronuncie hoy la palabra "proceso" es acusado de encubrir la "dictadura", como si "proceso" no definiera inconfundiblemente mejor el caos de la puja interarmas, en muchos casos llegando a la violencia, el secuestro, los robos y los asesinatos; que "dictadura", que postula un dictador único. Esa misma dictadura terminológica proscribe hoy el uso de las palabras "guerra interna" para definir lo ocurrido en los 70, porque ello implicaría desdibujar la imagen de una turba de militares fascinerosos lanzándose sobre aterrados pobladores civiles; la verdad es que hubo armas y consignas de guerra por ambos lados, porque la democracia era el bien político menos preciado en esos años.
¿Con qué 24 nos quedarnos, entonces? Quitándole el melodrama de las palabras "desintegración nacional" la interpretación militar es verídica, en el sentido de que la mayoría de la Nación anhelaba el golpe; sin la presunción social de inocencia de la "teoría de los dos demonios", es verdad que la Argentina de los 70 se polarizó entre extremos muy desagradables, y el disciplinamiento de lo militar a lo civil por Kirchner corona una tarea iniciada (mal) por Raúl Alfonsín, y proseguida (bien) por Menem. La pena es que este último tramo esté signado por el revanchismo y la falta de todo espíritu de reconciliación nacional; solamente la biología, con la muerte física de quienes participaron en aquellos fuegos, parece capaz de hacer que el 24 de marzo sea un aniversario más.
