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02.03.07

Revolución mal entendida

Por Susan Kaufman Purcell

Lo más curioso de la decisión del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, de nacionalizar varias compañías privadas en sectores económicos “estratégicos” es que sorprendió a mucha gente. Dado el comportamiento del presidente de Venezuela durante los últimos ocho años, la pregunta inevitable es por qué alguien habría de estar sorprendido.

Desde que ganó la presidencia en 1998, Chávez ha usado su mandato democrático y procesos democráticos para centralizar el poder político y económico en sus manos. En el momento de sus últimos anuncios controlaba el Congreso, la Corte Suprema y PDVSA, la compañía petrolera estatal que había nacionalizado y cuya plana ejecutiva había reorganizado con personas leales a la llamada Revolución Bolivariana. Chávez también se había alineado fuertemente con Fidel Castro y los objetivos de la Revolución Cubana y, junto con Fidel, había estado ayudando al presidente Evo Morales a seguir sus pasos en el uso de los medios democráticos para fines no democráticos en Bolivia. 

El movimiento hacia un gobierno autoritario en Venezuela fue en gran parte facilitado por el alza de los precios de la energía, que dio a Chávez acceso a miles de millones de dólares para distribuir entre sus amistades políticas, incluyendo miembros del ejército reestructurado, así como miembros de la gran clase baja venezolana. Esta última, en particular, lo recompensó en las urnas, provocando sin duda que mucha gente subestimara el autoritarismo de Chávez con la excusa de que había sido democráticamente elegido.

Este malentendido sobre lo que Chávez significa se reflejó en la tendencia de muchos observadores a hablar de un “giro a la izquierda” de América Latina, poniendo a Chávez en el mismo grupo que los presidentes Michelle Bachelet en Chile, Tabaré Vázquez en Uruguay y Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil. Más recientemente, varios analistas han comenzado a distinguir entre presidentes democráticamente elegidos que se comportan de manera democrática en el poder –como los mencionados arriba– y los que pertenecen a la tradición autoritaria del caudillo latinoamericano, como Hugo Chávez.

Algunos que fueron tomados por sorpresa probablemente también creyeron que el presidente venezolano sólo se movería contra individuos y compañías que hubieran resistido o se hubieran opuesto a sus actos iniciales. Otros, que comprendieron la tendencia a la concentración de los poderes en Venezuela, sin embargo, creyeron que el lento y deliberado paso de reformas revolucionarias anteriores continuaría siendo la norma.

El problema con este pensamiento es que un revolucionario elegido tiene más restricciones sociales iniciales para sus planes de concentración de poder que un revolucionario que llega al poder a través de una insurrección armada. Podía haber hecho perfecto sentido para Chávez comenzar lentamente y retratarse a sí mismo como el demócrata que no era, acelerando su agenda revolucionaria de acuerdo con su creciente poder político y económico. Además, como supuestamente le dijo Fidel Castro a Evo Morales, y quizá también a Hugo Chávez, en el mundo de hoy es importante usar a las instituciones democráticas antes que las armas para lograr una revolución exitosa.

Es muy probable que las últimas nacionalizaciones anunciadas y el uso de nuevos poderes por decreto puedan terminar siendo menos extremos de lo que muchos temieron. Sin embargo, esto no debería significar que la Revolución Bolivariana haya llegado a su límite. Por el contrario, podría significar que el precio del petróleo en baja, o una revisión de la estrategia revolucionaria, requieran que el proceso se haga más lento o con una táctica un poco diferente. Sin embargo, cualquiera que se muestra complaciente sobre el futuro de sus inversiones venezolanas, dada la evidencia acumulada de hostilidad del régimen hacia la propiedad privada, es porque ya ha ganado suficiente dinero de sus inversiones, o ya tiene la mayor parte de su dinero fuera de Venezuela.

Susan Kaufman Purcell es Directora del Centro de Política Hemisférica en la Universidad de Miami.
Este artículo fue originalmente publicado en AméricaEconomía el 29 de enero de 2007.