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28.06.03

ESTADOS UNIDOS Y SUS (AUSENTES) ALIADOS

Decididos a derrumbar el régimen de S. Hussein, los Estados Unidos salieron a buscar sustento político a su incursión y, no sólo encontraron muchas reticencias en varios miembros permanentes del Consejo de Seguridad, sino que también encontraron obstáculos sensibles en los países latinoamericanos. La región, tan dependiente de los Estados Unidos como siempre, le dio la espalda en forma notoria constituyendo así una actitud política con pocos antecedentes históricos. Ahora bien, por supuesto esta fue la respuesta en términos generales, ya que ni en todos los casos la reacción fue negativa a las solicitudes de Washington ni, en los casos en que esta tuvo tal carácter, las respuestas dadas fueron uniformes. Así, como un medio eficaz de análisis, los países de la región pueden ser divididos en tres grandes categorías.
Por Santiago Alles

Por un lado, aparece un conjunto de países aliados, que han apoyado lo obrado por los Estados Unidos en el Golfo Pérsico. Por un lado, este grupo se encuentra conformado en su mayor parte por países de pequeña envergadura de Centroamérica y el Caribe (léase, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Honduras, República Dominicana, Panamá), los cuales no tienen, por su posición geopolítica, capacidad para definir íntegramente su política exterior con autonomía respecto de la potencia hemisférica; sin embargo, en la misma medida, tampoco tienen la relevancia en la escena política internacional para ser decisivos en el apoyo político buscado por Washington para su aventura en el Golfo Pérsico. En segundo lugar, en este grupo, por su magnitud, se destaca Colombia y este es, sin lugar a dudas, un caso diferente a los recién mencionados. El gobierno de A. Uribe se encuentra jaqueado por una fuerte ofensiva de la insurgencia narcoterrorista y con decisión embarcado en recuperar para el Estado el control del territorio nacional. Ahora bien, para lograr tal objetivo, considera ineludible contar con un importante apoyo estadounidense (suficiente, incluso, para intervenir directamente en el conflicto, de ser ello necesario) y por este motivo no parece haber tenido oportunidad de presentar demasiadas objeciones.
La carta que, por una parte, ha intentado jugar la administración Bush ante las reticencias latinoamericanas ha puesto su centro en lo comercial, fundamentalmente en lo que respecta a aquellos países con los que los Estados Unidos se encuentran más directamente vinculados en lo económico y que, casualmente, ocupan hoy bancas no permanentes en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: México y Chile. En ambos casos se hizo uso de vinculaciones entre diferentes temas (issue linkage), presionando entonces sobre el proceso de integración económica en curso, pero se lo hizo con especial énfasis en el caso en que el tratado está a la espera de la aprobación legislativa (léase, Chile). En sentido contrario, si hay una idea que parece reunir a los dos grupos restantes, quienes no han avalado la acción estadounidense, es el carácter amenazante que, para la región, puede significar la extensión de tal accionar unilateral de Washington. A una perspectiva geopolítica de esta envergadura, es preciso adicionar dos factores no menores al momento de tomar una postura exterior: primero, la férrea oposición que la opinión pública, desde México a la Argentina, ha mostrado respecto del conflicto bélico; y, segundo, las negativas perspectivas económicas que presentaría el conflicto en un contexto regional eminentemente recesivo. Ante tal escenario, los restantes países de la región han intentado esbozar respuestas coherentes con su situación individual.
El grupo que, en segundo lugar, aquí hemos preferido denominar como moderado ha sido integrado por los países más importantes de la región, salvedad hecha del caso brasileño, incluyendo a los mencionados casos de Chile y México. Precisamente, tales países pretenden una profunda vinculación económica con los Estados Unidos, mientras que, a la par, Uruguay, dada su situación geopolítica, siempre ha necesitado de una buena relación con Washington para sobrevivir entre dos gigantes. Si todo ello hacía pensar que estos países seguirían a los Estados Unidos en su incursión, la respuesta dada no puede ser menos que sorprendente. Chile y México, relevantes protagonistas de los días previos al ataque, se aferraron a una postura gradualista e institucionalista que se concretó en la propuesta chilena ante el Consejo, en la que el embajador G. Faulkner reconoció, con posterioridad, la mano británica. Estos países, dada su estrecha vinculación con los Estados Unidos, no se encuentran en condiciones de entrar en conflictos abiertos con la potencia hemisférica, por lo que se limitaron a remarcar los límites institucionales de la acción militar. Diferente es el caso de Argentina, Paraguay y Perú, sociedades inmersas en profundos conflictos políticos. La respuesta por ellos dada ha estado vinculada, primeramente, a su situación de acentuada debilidad, la cual les impide sostener una política exterior sólida, protagónica y coherente; simplemente se han limitado a hacerse a un lado, porque la fortaleza de la política exterior de un Estado es una proyección de su fortaleza interior.
Finalmente, aparece en el escenario latinoamericano un tercer grupo de países anti-belicistas, encabezados por la nación más grande de la región. Por un lado, tanto Cuba como (más allá de sus ambigüedades primeras) Venezuela aparecen conducidos por liderazgos que hicieron de la retórica de confrontación anti-imperialista el núcleo de su política exterior, a los cuales parece sumarse ahora el ecuatoriano L. Gutiérrez. Si bien puede resultar aun prematuro indicar a este último como un caso equiparable a los otros dos, Venezuela y Cuba mantienen una muy conflictiva relación con Washington, motivo por el cual la intervención unilateral estadounidense no puede generar más que razonables temores en ellos y han preferido aferrarse a su estrategia de galvanizar a la sociedad por una vía nacionalista (de ribetes casi xenófobos) instrumentada por medio de una retórica tercermundista. El caso brasileño es bien distinto en este sentido, porque las perspectivas políticas son otras. Con México ya integrado hace casi una década al NAFTA y, por tanto, con su estrategia política decididamente orientada hacia su alianza con Washington, las metas brasileñas están vinculadas a toda una estrategia de posicionamiento político regional e internacional por medio de la cual Brasilia pretende ubicarse como una potencia regional, capaz de liderar a toda la comunidad latinoamericana de naciones. En este contexto, a ojos de la política exterior brasileña, la posibilidad que los Estados Unidos intervengan de esta forma (más allá de las susceptibilidades particulares de un jefe de Estado formado en tradiciones políticas de izquierda marxista) no amenaza tanto su seguridad como su capacidad de liderazgo, por lo cual se levanta con vehemencia, a pesar, incluso, de la situación de debilidad en que lo coloca la crítica situación de su deuda pública. 

América Latina ante la guerra
Alineados
Moderados
Anti-belicistas
Colombia México Brasil
Nicaragua Chile Venezuela
El Salvador Argentina Cuba
Costa Rica Uruguay Ecuador
Honduras Paraguay  
República Dominicana Perú  
Panamá    

En resumidas cuentas, algunos países (los menos) se han alineado con los Estados Unidos ya por su dependencia directa en materia de política exterior o por situaciones de especial debilidad que requieren de la ayuda estadounidense. En contraposición, la mayoría de los países de la región, ante el fantasma de la difusión de este tipo de intervenciones, han preferido aferrarse a la institucionalidad de las Naciones Unidas o, sencillamente, oponerse a este tipo de intervenciones. Los primeros lo han hecho porque, más allá de no avalar la acción estadounidense, no tienen intención de poner en juego sus vínculos con Washington por la causa iraquí o porque no se encuentran hoy en condiciones de sostener una política exterior consistente en el marco de profundas crisis domésticas. Los segundos lo han hecho en función de una política exterior que, sensiblemente ideologizada, está dirigida a sostenerse en su enfrentamiento con la potencia hemisférica o en función de la protección de sus pretensiones de liderazgo regional. En alguna medida, los Estados Unidos parecen haber cosechado los frutos de varios años de acentuado desinterés por una región a la que volvieron la vista sólo cuando necesitaron aval político; este factor tampoco debe perderse de vista en el análisis.