16.12.06Generación asesina
Por James Neilson
Hace poco más de treinta años, chocaron dos corrientes patológicas
latinoamericanas que están íntimamente relacionadas por originarse en la noción
de que la violencia puede cumplir una función depuradora. La de los
revolucionarios de izquierda que, inspirándose en ideologías mesiánicas europeas
y también en una larga tradición de bandolerismo guerrillero varonil,
fantaseaban con cambiar todo de golpe para construir una realidad mejor, se
estrelló contra la de los persuadidos de que lo que sus sociedades necesitaban
para abrirse camino en un mundo que las dejaban atrás era una buena dosis de
disciplina militar y la eliminación física de los reacios a tolerarla. Dichas
corrientes se alimentaron mutuamente. La presencia en tantos países de un
partido militar sirvieron para estimular a los revolucionarios mientras que los
crímenes perpetrados por éstos dieron a sus enemigos pretextos convincentes para
alzarse con el poder. Atrapada entre las alternativas así supuestas, casi toda
América latina cayó en manos de una generación de asesinos.
Puesto que tantos creían que, como decía Mao, en el Tercer Mundo por lo menos
el poder nace del fusil, fue tal vez inevitable que en aquellos tiempos buena
parte de la región terminaría gobernada por dictaduras castrenses cuyo poder de
fuego era muy superior a aquel de los revolucionarios. Aunque la
encabezada por Augusto Pinochet no fue la peor de tales dictaduras, le tocó al
general chileno erigirse en el tirano derechista más emblemático del medio siglo
último tal y como el "comandante" cubano Fidel Castro desempeñaría el mismo
papel para la izquierda.
Al morir Pinochet a los 91 años, la mayoría incluso de los conservadores de
Europa, Estados Unidos y América latina coincidieron en que se había tratado de
un sujeto cruel y corrupto. Pronto Castro lo seguirá al más allá, pero es de
prever que cuando lo haga los comentarios sean un tanto más respetuosos. Sucede
que si bien los partidarios del capitalismo liberal, con el que para sorpresa de
muchos Pinochet se comprometió, han triunfado hasta tal punto que manejan la
economía en todos los países significantes, la izquierda marxisante ha ganado la
guerra cultural. Así pues, no provoca escándalo que alguien reivindique la
sanguinaria revolución cubana aludiendo a las mejoras sanitarias y educativas
atribuidas al régimen resultante, pero sólo merecen desprecio los que dicen que
la dictadura pinochetista contribuyó a hacer de Chile una democracia vibrante
con lo que, a pesar de las muchas lacras que persisten, es la economía más
exitosa de toda América latina.
A diferencia de Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y compañía, en su propio
país Pinochet aún cuenta con muchos admiradores. En su opinión, sí fue el
salvador de la Patria y el artífice del orden democrático actual. Así y todo,
escasean los que quisieran que se celebrara una nueva masacre de los opositores
y, lo mismo que sus equivalentes de otras latitudes, con pocas excepciones los
partidarios de la izquierda extrema se conforman con exhibir los símbolos de su
culto –banderas rojas y efigies del Che Guevara– y manifestar el odio que
sienten por el dictador fallecido sin por eso pensar en intentar reeditar sus
hazañas. Para los más, Pinochet ya es historia y la revolución un fenómeno
entre cultural y comercial.
Pinochet no poseía el carisma de Castro. Su imagen es la de un soldado adusto
de pocas palabras, pero al igual que su homólogo cubano tenía sus pretensiones
intelectuales. Entre los libros de su autoría se encuentra "Geopolítica de
Chile" en que nos aseguró que "los dolicocéfalos rubios producen filósofos,
pensadores, artistas", etcétera, razón por la que son superiores a "los
braquicéfalos céltico-eslavos", un juicio que es un tanto extraño ya que los
antepasados de Pinochet incluyen a bretones, un pueblo que se enorgullece de su
presunto origen celta. Es que Pinochet fue un estudioso de la
"Rassenkunde", o sea, "ciencia racial", alemana que floreció con los nazis y por
lo tanto luego de su derrota se desprestigiaría por completo. Aunque no era
exactamente un nazi, no dejó pasar ninguna oportunidad para ensalzar el viejo
ejército alemán y compararlo con la legión de pelilargos fofos de sexualidad
ambigua que según él lo sucedió. Podría argüirse que la tradición representada
por Castro está en verdad tan desacreditada como la favorecida por Pinochet,
pero pese a los desastres inverosímiles que ha provocado el marxismo militante
todavía tiene muchos adherentes en círculos intelectuales, de suerte que las
declaraciones del caribeño no suelen motivar la misma extrañeza.
Pinochet acaba de irse y Castro está al borde de la muerte, si es que ya no
lo traspasó. ¿Serán los últimos de su especie o es que, con la excepción de
Cuba, América latina está asistiendo a una suerte de entreacto en que los
pueblos que la integran se han resignado a la democracia porque hasta ahora
nadie ha conseguido persuadir a los descontentos de que les convendría probar
una receta más potente? Por fortuna, el optimismo parece justificado. Si
bien no cabe duda de que abundan los que sienten nostalgia por la violencia, por
lo general se limitan a expresarla de forma teatral. Es lo que hacen los
piqueteros cuando marchan por las calles de Buenos Aires ataviados como
yihadistas árabes y portando palos. En la Argentina, donde la dictadura fue aún
más cruel que en Chile, el temor a la violencia es tal que el gobierno ha optado
por dejar que los revoltosos se apropien de los lugares públicos con la presunta
esperanza de que andando el tiempo entiendan que sus actividades no les sirven
para nada. En otras partes de la región, las autoridades suelen actuar con mayor
contundencia y en Colombia guerrilleros aliados con narcotraficantes se resisten
a entrar en el tercer milenio, pero en términos generales América latina parece
mucho más tranquila que en cualquier otra época.
Claro, esta situación promisoria podría cambiar si llegara a su fin el
crecimiento económico que se ha visto facilitado más por un boom internacional
impresionante que por reformas internas, si Hugo Chávez tomara demasiado en
serio la aspiración de propagar por doquier su "socialismo del siglo XXI", y si
Bolivia se desgarrara en una guerra de secesión. Tales peligros existen, pero
por ahora no parece nada probable que los militares recaigan en el error de
suponerse obligados a desplazar a los "políticos civiles" toda vez que ellos
protagonizan un fracaso. Es, pues. legítimo confiar en que Pinochet no tendrá
sucesores.
¿Y Castro? Aunque Chávez se supone su heredero y a menudo habla como si se
imaginara destinado a liderar una gran guerra continental, cuando no planetaria,
contra el maligno "imperio" de George W. Bush, lo que ha hecho en Venezuela no
se asemeja en absoluto a la revolución cubana. Que se sepa, Chávez no ha
ordenado fusilar a ningún opositor y no existen campos de concentración para
quienes se niegan a compartir sus ideas. Tampoco ha intentado transformar
Venezuela en un paraíso colectivista. La prensa venezolana puede criticarlo. Es
un autoritario cuyos seguidores incluyen a muchos matones, pero no parece ser un
asesino como Castro o Guevara que esté dispuesto a matar por motivos meramente
ideológicos. Es factible que luego de su reciente triunfo electoral Chávez
decida intensificar sus esfuerzos revolucionarios, lo que sería una pésima
noticia tanto para sus compatriotas como para los demás latinoamericanos, pero
también es factible que siga limitándose a pronunciar las diatribas furibundas
en que se basa su fama internacional y repartir subsidios entre sus
aficionados.
Lo mismo que Juan Domingo Perón, Chávez, otro militar, representa la fusión
de las dos corrientes que tanto han incidido en la evolución errátil de América
latina. En el fondo, el militarismo no es tan distinto del guerrillerismo, por
llamarlo de algún modo, de ahí el amor del civil Castro y sus partidarios por
los uniformes castrenses. La ilusión de que en esta parte del mundo el progreso
debería ser impulsado por la violencia tiene raíces profundas y está entre las
causas de su atraso en un mundo en el que las sociedades más avanzadas son
precisamente aquellas que disfrutan de más libertad y tolerancia. A juicio de
algunos, Pinochet demostró que esto no es cierto porque, dicen, fue gracias a él
que Chile pudo emprender un rumbo que lo llevaría a la prosperidad relativa y
convivencia democrática que hoy en día disfruta, pero a lo sumo se trata de una
verdad a medias ya que la consolidación del "modelo" se produjo después de que
Pinochet abandonara el poder. En cuanto a la democracia, el que se haya
establecido en virtualmente todos los países latinoamericanos en el mismo
período significa que sería una exageración absurda atribuir su restauración en
Chile a nada más que la generosidad o la sabiduría previsora del dictador.
Fuente: Revista Noticias
http://www.revista-noticias.com.ar/ed_1564/notatesis.html
Hace poco más de treinta años, chocaron dos corrientes patológicas latinoamericanas que están íntimamente relacionadas por originarse en la noción de que la violencia puede cumplir una función depuradora. La de los revolucionarios de izquierda que, inspirándose en ideologías mesiánicas europeas y también en una larga tradición de bandolerismo guerrillero varonil, fantaseaban con cambiar todo de golpe para construir una realidad mejor, se estrelló contra la de los persuadidos de que lo que sus sociedades necesitaban para abrirse camino en un mundo que las dejaban atrás era una buena dosis de disciplina militar y la eliminación física de los reacios a tolerarla. Dichas corrientes se alimentaron mutuamente. La presencia en tantos países de un partido militar sirvieron para estimular a los revolucionarios mientras que los crímenes perpetrados por éstos dieron a sus enemigos pretextos convincentes para alzarse con el poder. Atrapada entre las alternativas así supuestas, casi toda América latina cayó en manos de una generación de asesinos.
Puesto que tantos creían que, como decía Mao, en el Tercer Mundo por lo menos el poder nace del fusil, fue tal vez inevitable que en aquellos tiempos buena parte de la región terminaría gobernada por dictaduras castrenses cuyo poder de fuego era muy superior a aquel de los revolucionarios. Aunque la encabezada por Augusto Pinochet no fue la peor de tales dictaduras, le tocó al general chileno erigirse en el tirano derechista más emblemático del medio siglo último tal y como el "comandante" cubano Fidel Castro desempeñaría el mismo papel para la izquierda.
Al morir Pinochet a los 91 años, la mayoría incluso de los conservadores de Europa, Estados Unidos y América latina coincidieron en que se había tratado de un sujeto cruel y corrupto. Pronto Castro lo seguirá al más allá, pero es de prever que cuando lo haga los comentarios sean un tanto más respetuosos. Sucede que si bien los partidarios del capitalismo liberal, con el que para sorpresa de muchos Pinochet se comprometió, han triunfado hasta tal punto que manejan la economía en todos los países significantes, la izquierda marxisante ha ganado la guerra cultural. Así pues, no provoca escándalo que alguien reivindique la sanguinaria revolución cubana aludiendo a las mejoras sanitarias y educativas atribuidas al régimen resultante, pero sólo merecen desprecio los que dicen que la dictadura pinochetista contribuyó a hacer de Chile una democracia vibrante con lo que, a pesar de las muchas lacras que persisten, es la economía más exitosa de toda América latina.
A diferencia de Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y compañía, en su propio país Pinochet aún cuenta con muchos admiradores. En su opinión, sí fue el salvador de la Patria y el artífice del orden democrático actual. Así y todo, escasean los que quisieran que se celebrara una nueva masacre de los opositores y, lo mismo que sus equivalentes de otras latitudes, con pocas excepciones los partidarios de la izquierda extrema se conforman con exhibir los símbolos de su culto –banderas rojas y efigies del Che Guevara– y manifestar el odio que sienten por el dictador fallecido sin por eso pensar en intentar reeditar sus hazañas. Para los más, Pinochet ya es historia y la revolución un fenómeno entre cultural y comercial.
Pinochet no poseía el carisma de Castro. Su imagen es la de un soldado adusto de pocas palabras, pero al igual que su homólogo cubano tenía sus pretensiones intelectuales. Entre los libros de su autoría se encuentra "Geopolítica de Chile" en que nos aseguró que "los dolicocéfalos rubios producen filósofos, pensadores, artistas", etcétera, razón por la que son superiores a "los braquicéfalos céltico-eslavos", un juicio que es un tanto extraño ya que los antepasados de Pinochet incluyen a bretones, un pueblo que se enorgullece de su presunto origen celta. Es que Pinochet fue un estudioso de la "Rassenkunde", o sea, "ciencia racial", alemana que floreció con los nazis y por lo tanto luego de su derrota se desprestigiaría por completo. Aunque no era exactamente un nazi, no dejó pasar ninguna oportunidad para ensalzar el viejo ejército alemán y compararlo con la legión de pelilargos fofos de sexualidad ambigua que según él lo sucedió. Podría argüirse que la tradición representada por Castro está en verdad tan desacreditada como la favorecida por Pinochet, pero pese a los desastres inverosímiles que ha provocado el marxismo militante todavía tiene muchos adherentes en círculos intelectuales, de suerte que las declaraciones del caribeño no suelen motivar la misma extrañeza.
Pinochet acaba de irse y Castro está al borde de la muerte, si es que ya no lo traspasó. ¿Serán los últimos de su especie o es que, con la excepción de Cuba, América latina está asistiendo a una suerte de entreacto en que los pueblos que la integran se han resignado a la democracia porque hasta ahora nadie ha conseguido persuadir a los descontentos de que les convendría probar una receta más potente? Por fortuna, el optimismo parece justificado. Si bien no cabe duda de que abundan los que sienten nostalgia por la violencia, por lo general se limitan a expresarla de forma teatral. Es lo que hacen los piqueteros cuando marchan por las calles de Buenos Aires ataviados como yihadistas árabes y portando palos. En la Argentina, donde la dictadura fue aún más cruel que en Chile, el temor a la violencia es tal que el gobierno ha optado por dejar que los revoltosos se apropien de los lugares públicos con la presunta esperanza de que andando el tiempo entiendan que sus actividades no les sirven para nada. En otras partes de la región, las autoridades suelen actuar con mayor contundencia y en Colombia guerrilleros aliados con narcotraficantes se resisten a entrar en el tercer milenio, pero en términos generales América latina parece mucho más tranquila que en cualquier otra época.
Claro, esta situación promisoria podría cambiar si llegara a su fin el crecimiento económico que se ha visto facilitado más por un boom internacional impresionante que por reformas internas, si Hugo Chávez tomara demasiado en serio la aspiración de propagar por doquier su "socialismo del siglo XXI", y si Bolivia se desgarrara en una guerra de secesión. Tales peligros existen, pero por ahora no parece nada probable que los militares recaigan en el error de suponerse obligados a desplazar a los "políticos civiles" toda vez que ellos protagonizan un fracaso. Es, pues. legítimo confiar en que Pinochet no tendrá sucesores.
¿Y Castro? Aunque Chávez se supone su heredero y a menudo habla como si se imaginara destinado a liderar una gran guerra continental, cuando no planetaria, contra el maligno "imperio" de George W. Bush, lo que ha hecho en Venezuela no se asemeja en absoluto a la revolución cubana. Que se sepa, Chávez no ha ordenado fusilar a ningún opositor y no existen campos de concentración para quienes se niegan a compartir sus ideas. Tampoco ha intentado transformar Venezuela en un paraíso colectivista. La prensa venezolana puede criticarlo. Es un autoritario cuyos seguidores incluyen a muchos matones, pero no parece ser un asesino como Castro o Guevara que esté dispuesto a matar por motivos meramente ideológicos. Es factible que luego de su reciente triunfo electoral Chávez decida intensificar sus esfuerzos revolucionarios, lo que sería una pésima noticia tanto para sus compatriotas como para los demás latinoamericanos, pero también es factible que siga limitándose a pronunciar las diatribas furibundas en que se basa su fama internacional y repartir subsidios entre sus aficionados.
Lo mismo que Juan Domingo Perón, Chávez, otro militar, representa la fusión de las dos corrientes que tanto han incidido en la evolución errátil de América latina. En el fondo, el militarismo no es tan distinto del guerrillerismo, por llamarlo de algún modo, de ahí el amor del civil Castro y sus partidarios por los uniformes castrenses. La ilusión de que en esta parte del mundo el progreso debería ser impulsado por la violencia tiene raíces profundas y está entre las causas de su atraso en un mundo en el que las sociedades más avanzadas son precisamente aquellas que disfrutan de más libertad y tolerancia. A juicio de algunos, Pinochet demostró que esto no es cierto porque, dicen, fue gracias a él que Chile pudo emprender un rumbo que lo llevaría a la prosperidad relativa y convivencia democrática que hoy en día disfruta, pero a lo sumo se trata de una verdad a medias ya que la consolidación del "modelo" se produjo después de que Pinochet abandonara el poder. En cuanto a la democracia, el que se haya establecido en virtualmente todos los países latinoamericanos en el mismo período significa que sería una exageración absurda atribuir su restauración en Chile a nada más que la generosidad o la sabiduría previsora del dictador.
Fuente: Revista Noticias
http://www.revista-noticias.com.ar/ed_1564/notatesis.html
