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13.12.06

Pinochet: También un espejo de la sociedad

Por Eugenio Tironi

SANTIAGO, Chile (GDA).- "¿Qué habría sido de mi vida sin Augusto Pinochet?" Millones de chilenos deben de estar haciéndose esta pregunta en las horas posteriores a su desaparición. Las respuestas son muy disímiles.

Para algunos, su figura está identificada indeleblemente con la muerte, la desaparición, la tortura, el exilio, el despido, la humillación, el miedo, el silencio. Para otros está asociada a la salvación de una amenaza que ponía en peligro el orden, la propiedad, la libertad, el progreso económico y hasta la vida. Como sea, Pinochet no ha sido indiferente para nadie.

¿Fue acaso un personaje excepcional, que a fuerza de genio o de valor marcó su tiempo? Me parece que no: fue un hombre empujado por la historia a tomar un protagonismo que nunca imaginó, y que tuvo la astucia de seguirla sin resistir el destino que le indicaba.

Por ejemplo, Pinochet no fue quien ideó y organizó el golpe militar; pero cuando éste ya era inevitable, a causa de una democracia que se caía a pedazos, por una clase política incapaz de canalizar institucionalmente sus conflictos y garantizar el orden, él no tuvo escrúpulos para dar la espalda a las promesas hechas al presidente Allende y ponerse a la cabeza de la sublevación, donde empleó una fuerza tan desproporcionada, que seguramente sorprendió a los compañeros de armas que la habían venido planeando desde la primera hora.

Pinochet, efectivamente, realizó una revolución capitalista de corte liberal, que sacudió a Chile hasta sus raíces. Los efectos de esta fractura siguen vigentes hasta hoy. Pero ¿fue esto algo discurrido por Pinochet o algo que ocurrió casi accidentalmente, sin un plan previo? Pienso que fue más bien lo segundo. Las primeras medidas del nuevo régimen se orientaron por un propósito de restauración antes que de refundación.

Pero el bombardeo de La Moneda, con un Allende que rechaza la oferta del exilio y que muere defendiéndola, fue un punto de no retorno. No había más opción que realizar una revolución a la altura de la tragedia. Fue entonces cuando Pinochet encontró en los "Chicago Boys" un programa que podía justificar la extrema violencia del golpe: romper con el tipo de capitalismo europeo que la clase dirigente chilena había impulsado en el siglo XX y ensayar uno nuevo, de tipo norteamericano.

Nada de esto estaba en los planes de Pinochet o de las fuerzas armadas antes del 11 de septiembre de 1973, pero con La Moneda en llamas y el fantasma de Allende a sus espaldas, no quedaba más alternativa.

¿Por qué Pinochet aceptó dejar el poder en 1990? Porque advirtió, otra vez, hacia dónde iba la historia. Las condiciones que lo habían colocado en el poder (Guerra Fría, violencia interna) habían desaparecido. Se había creado una sociedad más moderna y abierta al mundo, incompatible con una dictadura con su historial en materia de violación de los derechos humanos. Así, su propia revolución terminó expulsándolo del poder.

Más allá de algunos corcoveos, Pinochet se resignó a su suerte; sin imaginar, seguramente, que los derechos humanos y la corrupción bajo su régimen erosionarían su memoria a tal punto que, a futuro, ningún actor político invocaría su figura.

Pinochet ha muerto. No es la hora de idealizarlo como un visionario, porque no lo fue. Tampoco de celebrar su muerte, como si ella fuera a curar los dolores que produjo o exorcizar nuestras miserias.

Es la hora, más bien, de reflexionar sobre nuestra sociedad, que en un momento lo creó y lo respaldó, para, finalmente, expulsarlo.

Pinochet ya no está, pero esas misteriosas fuerzas siguen en nosotros.
 
Fuente: Diario La Nación (Buenos Aires)
Originalmente publicado en "El Mercurio" de Chile.