07.12.06Qué puede esperarse de la Cumbre de Cochabamba
Por Félix Peña
La diplomacia presidencial multilateral tiene sentido si refleja una realidad internacional diferenciada y si genera el impulso político de alto nivel a hojas de ruta con objetivos concretos. Puede considerarse que el espacio sudamericano reúne la primera de las condiciones. Demostrar que puede cumplir con la segunda condición, es el desafío de la Cumbre Sudamericana a realizarse en Cochabamba el 8 y 9 de este mes.
No siempre ello se logra. Sin perjuicio que brinde un espacio útil al conocimiento y diálogo entre quienes participan, lo cierto es que las cumbres presidenciales presentan cierto desgaste como mecanismo eficaz de construcción de espacios de cooperación entre naciones. Incluso se denomina 'cumbritis' a lo que sería una especie de molestia que afecta a los protagonistas de la cada vez más intensa diplomacia presidencial multilateral y que, a veces, explica las ausencias.
Pero también podría estar afectando a los ciudadanos que no perciben su eficacia. Ello hace que incluso pierdan su potencial mediático. Por ejemplo, días pasados hubo una Cumbre África-Sudamérica en Abuja, Nigeria. Asistieron pocos presidentes de ambas regiones. Fue calificada de 'histórica' por quienes la impulsaron. Pero cuesta imaginar su impacto real en la construcción de un espacio de cooperación bi-regional.
Sin embargo, bien preparada una cumbre presidencial puede producir resultados útiles. En el caso de la de Cochabamba, cabrá apreciar sus eventuales aportes efectivos en tres planos. En ellos se evidenciará su capacidad de generar impulsos políticos de alto nivel, a cuestiones relevantes que derivan de la pertenencia de sus participantes a un espacio geográfico que es común e inevitable.
El primer plano es el del desarrollo de condiciones que faciliten la estabilidad política en una región crecientemente diferenciada y multipolar. Diferenciada en cuanto a los grados de desarrollo económico de los países que la conforman. Pero también en cuanto a las visiones sobre la inserción en el mundo y sobre los caminos que conducen a la afirmación de sistemas democráticos que se sustenten en la cohesión social. Multipolar en cuanto a las respectivas capacidades y vocaciones de ejercer un liderazgo regional. Ninguna nación tiene las condiciones que se requieren para un liderazgo hegemónico. La construcción de un espacio común en el que quepan las diversidades, es entonces una tarea colectiva que requiere más vocación de concertación de intereses que de confrontación, o de ideologías o de personalidades.
El segundo plano es el de las cuestiones económicas más sensibles de la agenda regional. Tres son prioritarias. Una es la de la integración física. Implica generar los impulsos políticos necesarios para el desarrollo de proyectos de infraestructura que profundicen la conexión entre las economías nacionales. La otra es la de la energía. Al igual que en el espacio geográfico europeo - como lo demostró la reciente Cumbre Unión Europea-Rusia en Helsinki-, el generar marcos institucionales con reglas efectivas que estimulen las inversiones y brinden seguridad en los abastecimientos transnacionales comprometidos, es hoy una cuestión de impacto en la seguridad de los países y, por ello, central a la estabilidad política de una región. Y la tercera es la de la convergencia de los múltiples acuerdos comerciales preferenciales que existen en Sudamérica, todos ellos celebrados en el ámbito latinoamericano más amplio de la ALADI.
El tercer plano es el de la institucionalización de la denominada Comunidad Sudamericana de Naciones. Ella no es aún la resultante de un Tratado. Tampoco parece que se firmará en Cochabamba, al menos por lo poco que los ciudadanos conocen sobre los trabajos preparatorios de la Cumbre. Y quizás es bueno que así sea. Por el contrario, lo positivo sería evitar la tentación de avanzar en creaciones institucionales complejas, útiles en lo mediático, pobres en los resultados prácticos. El Grupo de los 8, por ejemplo, ejerce su influencia sin que las naciones más poderosas lo hayan formalizado en un Tratado. Lo relevante, en cambio, es lograr que las cumbres periódicas sean un factor de impulso político a acciones multi-modales que pueden concretarse, o con instrumentos ad-hoc -por ejemplo, lo que podría ser en el plano de la energía, el equivalente al Tratado de la Carta de la Energía, originado en Europa- o con el aprovechamiento de los múltiples acuerdos ya existentes, incluyendo sus respectivos instrumentos y reglas de juego.
La idea de la Comunidad Sudamericana de Naciones presenta un riesgo principal. No hay que subestimarlo. Incluso podría ser una tentación. Y es que termine diluyendo en algo etéreo los compromisos exigibles ya asumidos en el Mercosur, que sigue siendo a pesar de sus dificultades el principal núcleo duro para la articulación de un espacio sudamericano que se resista a las tendencias a la fragmentación y al conflicto.
Fuente: El Cronista Comercial www.cronista.com
La diplomacia presidencial multilateral tiene sentido si refleja una realidad internacional diferenciada y si genera el impulso político de alto nivel a hojas de ruta con objetivos concretos. Puede considerarse que el espacio sudamericano reúne la primera de las condiciones. Demostrar que puede cumplir con la segunda condición, es el desafío de la Cumbre Sudamericana a realizarse en Cochabamba el 8 y 9 de este mes.
No siempre ello se logra. Sin perjuicio que brinde un espacio útil al conocimiento y diálogo entre quienes participan, lo cierto es que las cumbres presidenciales presentan cierto desgaste como mecanismo eficaz de construcción de espacios de cooperación entre naciones. Incluso se denomina 'cumbritis' a lo que sería una especie de molestia que afecta a los protagonistas de la cada vez más intensa diplomacia presidencial multilateral y que, a veces, explica las ausencias.
Pero también podría estar afectando a los ciudadanos que no perciben su eficacia. Ello hace que incluso pierdan su potencial mediático. Por ejemplo, días pasados hubo una Cumbre África-Sudamérica en Abuja, Nigeria. Asistieron pocos presidentes de ambas regiones. Fue calificada de 'histórica' por quienes la impulsaron. Pero cuesta imaginar su impacto real en la construcción de un espacio de cooperación bi-regional.
Sin embargo, bien preparada una cumbre presidencial puede producir resultados útiles. En el caso de la de Cochabamba, cabrá apreciar sus eventuales aportes efectivos en tres planos. En ellos se evidenciará su capacidad de generar impulsos políticos de alto nivel, a cuestiones relevantes que derivan de la pertenencia de sus participantes a un espacio geográfico que es común e inevitable.
El primer plano es el del desarrollo de condiciones que faciliten la estabilidad política en una región crecientemente diferenciada y multipolar. Diferenciada en cuanto a los grados de desarrollo económico de los países que la conforman. Pero también en cuanto a las visiones sobre la inserción en el mundo y sobre los caminos que conducen a la afirmación de sistemas democráticos que se sustenten en la cohesión social. Multipolar en cuanto a las respectivas capacidades y vocaciones de ejercer un liderazgo regional. Ninguna nación tiene las condiciones que se requieren para un liderazgo hegemónico. La construcción de un espacio común en el que quepan las diversidades, es entonces una tarea colectiva que requiere más vocación de concertación de intereses que de confrontación, o de ideologías o de personalidades.
El segundo plano es el de las cuestiones económicas más sensibles de la agenda regional. Tres son prioritarias. Una es la de la integración física. Implica generar los impulsos políticos necesarios para el desarrollo de proyectos de infraestructura que profundicen la conexión entre las economías nacionales. La otra es la de la energía. Al igual que en el espacio geográfico europeo - como lo demostró la reciente Cumbre Unión Europea-Rusia en Helsinki-, el generar marcos institucionales con reglas efectivas que estimulen las inversiones y brinden seguridad en los abastecimientos transnacionales comprometidos, es hoy una cuestión de impacto en la seguridad de los países y, por ello, central a la estabilidad política de una región. Y la tercera es la de la convergencia de los múltiples acuerdos comerciales preferenciales que existen en Sudamérica, todos ellos celebrados en el ámbito latinoamericano más amplio de la ALADI.
El tercer plano es el de la institucionalización de la denominada Comunidad Sudamericana de Naciones. Ella no es aún la resultante de un Tratado. Tampoco parece que se firmará en Cochabamba, al menos por lo poco que los ciudadanos conocen sobre los trabajos preparatorios de la Cumbre. Y quizás es bueno que así sea. Por el contrario, lo positivo sería evitar la tentación de avanzar en creaciones institucionales complejas, útiles en lo mediático, pobres en los resultados prácticos. El Grupo de los 8, por ejemplo, ejerce su influencia sin que las naciones más poderosas lo hayan formalizado en un Tratado. Lo relevante, en cambio, es lograr que las cumbres periódicas sean un factor de impulso político a acciones multi-modales que pueden concretarse, o con instrumentos ad-hoc -por ejemplo, lo que podría ser en el plano de la energía, el equivalente al Tratado de la Carta de la Energía, originado en Europa- o con el aprovechamiento de los múltiples acuerdos ya existentes, incluyendo sus respectivos instrumentos y reglas de juego.
La idea de la Comunidad Sudamericana de Naciones presenta un riesgo principal. No hay que subestimarlo. Incluso podría ser una tentación. Y es que termine diluyendo en algo etéreo los compromisos exigibles ya asumidos en el Mercosur, que sigue siendo a pesar de sus dificultades el principal núcleo duro para la articulación de un espacio sudamericano que se resista a las tendencias a la fragmentación y al conflicto.
Fuente: El Cronista Comercial www.cronista.com
