05.11.06La recontra-reelección
Por Fernando A. Iglesias
Bolsas de alimentos con boletas electorales incorporadas, DNIs al servicio del mejor postor, ancianos ultracentenarios revividos por renovados ímpetus sufragistas, amas de casa desesperadas por minicréditos a fondo perdido, ciudadanos paraguayos que el sábado acampan y el domingo votan en Misiones, raciones de carne distribuidas mano a mano por el mismísimo gobernador, presidentes que corren en su apoyo en nombre de viejas deudas, hermanas-ministras que cumplen su deber fraternal acudiendo a su vez, chequera del Estado en mano, para ayudar al amigo gobernador... ninguna de las armas del vergonzoso carnaval preparado con la complicidad de quienes siguen prometiendo una nueva política bastó para ganar en una de las provincias más pobres del país, en la que a cuatro años de la catástrofe del 2002 la pobreza sigue afectando a más de la mitad de la población.
Los inesperados resultados obtenidos por un frente que hace pocos meses no existía han puesto un freno no sólo a las ambiciones de Rovira sino a las variadas maniobras recontra-reeleccionistas que los aliados del Gobierno preparan en todo el país, entre las cuales la de Felipe Solá acaso sea la de importancia mayor. ¡Curiosa proeza la del ex Secretario de Agricultura de Menem y la de Kirchner, obediente gobernador del PJ menemista, quienes se definen por su rechazo de los noventa pero no sólo han conformado su dotación de aliados con los restos del menemismo y el duhaldismo -como ellos mismos- sino que retoman hoy la obsesión menemista por la recontra-reelección! Cuánto mejor haría el Presidente en cumplir con la Constitución Nacional, que autoriza al gobierno federal a intervenir las provincias en defensa de la forma republicana de gobierno a la que se contrapone directamente todo intento de recontra-reelección. Si lo desease, Kirchner podría comenzar por su propia provincia, Santa Cruz, en la que fue el primero en modificar en clave recontra-reeleccionista la Constitución. Tampoco estaría mal que un presidente tan crítico con los '90 tomara en cuenta los signos inaugurales de la decadencia menemista: 1) la sacralización de una política económica cuya base fundamental (la fijación de una paridad cambiaria artificial) se agotó en cuatro años, y 2) la obsesión (a largo plazo innecesaria y suicida, como se vio en el 2003) por la recontra-reelección.
Lo sucedido en Misiones permite además múltiples lecturas para que tomen nota los opositores. Desde luego, no se trata de salir a anunciar alegremente que después de los desastres patoteriles y el fracaso en Misiones el kirchnerismo agoniza, ni mucho menos de pensar que el esquema de Misiones, en donde la oposición fue a malapena unificada por las iglesias católica y evangélica, pueda ser mecánicamente repetido en el plano nacional. En cambio, se han hecho sí perceptibles algunas tendencias a contramano de lo que hasta ayer nomás se daba por descontado. En primer lugar, la derrota de Rovira es inexplicable sin que buena parte de quienes aceptaron los sobornos clientelistas hicieran después, en la oscuridad del cuarto eleccionario, lo que sus conciencias les dictaban, negándose a resignar el último refugio de dignidad que les quedaba: la libertad de elección. En segundo lugar, esta reacción sólo fue posible porque la oposición presentó un marco unificado de resistencia sin el cual seguramente estaríamos hoy analizando una victoria apoteótica de Rovira. En tercer lugar, la presunción de que la gente sólo vota mirando los índices macroeconómicos (el célebre "¡Es la economía, estúpido!" proferido una vez por Bill Clinton) tambalea cuando a la insuficiente redistribución de los beneficios de la recuperación se suma el apriete político. Estos elementos, sin los cuales la derrota del oficialismo en Misiones no hubiera sido posible, generan serias dudas sobre la invulnerabilidad kirchnerista a nivel nacional, donde todos estos fenómenos están presentes aunque su importancia sea relativamente menor.
Por ahora, la persistente incapacidad de la oposición para conformar un consenso estratégico de defensa de la República y un acuerdo táctico para presentar una sola candidatura opositora por distrito hacen imposible enfrentar al kirchnerismo con posibilidades de éxito. Por el contrario, en el contexto actual su derrota electoral sigue dependiendo del fracaso de las políticas económicas cortoplacistas del Gobierno, de su incapacidad para controlar a sus aliados violentos o de una rebelión de éstos, disconformes con las escasas seguridades que proporciona un liderazgo cuyo único criterio de alianzas parece ser el del éxito perenne.
La incumplida promesa de Kirchner de viajar a Posadas durante la última semana de campaña y el triste destino que hoy aguarda a quien hasta ayer era el dueño de Misiones acaso abran los ojos de los aliados ocasionales del Presidente a los riesgos que la concentración de poder tiene hasta para sus propios impulsores, obliguen a Kirchner a moderar sus relaciones carnales con lo peor del peronismo (sindicalistas, gobernadores e intendentes) y debiliten su alianza corporativa de aspiraciones hegemónicas. No parece poca cosa para un proceso que desde mayo del 2003 ha consistido en un aumento indefinido del poder presidencial que ha encontrado en Misiones su primer límite.
Fernando A. Iglesias es periodista y escritor, autor del libro "Globalizar la Democracia".
Bolsas de alimentos con boletas electorales incorporadas, DNIs al servicio del mejor postor, ancianos ultracentenarios revividos por renovados ímpetus sufragistas, amas de casa desesperadas por minicréditos a fondo perdido, ciudadanos paraguayos que el sábado acampan y el domingo votan en Misiones, raciones de carne distribuidas mano a mano por el mismísimo gobernador, presidentes que corren en su apoyo en nombre de viejas deudas, hermanas-ministras que cumplen su deber fraternal acudiendo a su vez, chequera del Estado en mano, para ayudar al amigo gobernador... ninguna de las armas del vergonzoso carnaval preparado con la complicidad de quienes siguen prometiendo una nueva política bastó para ganar en una de las provincias más pobres del país, en la que a cuatro años de la catástrofe del 2002 la pobreza sigue afectando a más de la mitad de la población.
Los inesperados resultados obtenidos por un frente que hace pocos meses no existía han puesto un freno no sólo a las ambiciones de Rovira sino a las variadas maniobras recontra-reeleccionistas que los aliados del Gobierno preparan en todo el país, entre las cuales la de Felipe Solá acaso sea la de importancia mayor. ¡Curiosa proeza la del ex Secretario de Agricultura de Menem y la de Kirchner, obediente gobernador del PJ menemista, quienes se definen por su rechazo de los noventa pero no sólo han conformado su dotación de aliados con los restos del menemismo y el duhaldismo -como ellos mismos- sino que retoman hoy la obsesión menemista por la recontra-reelección! Cuánto mejor haría el Presidente en cumplir con la Constitución Nacional, que autoriza al gobierno federal a intervenir las provincias en defensa de la forma republicana de gobierno a la que se contrapone directamente todo intento de recontra-reelección. Si lo desease, Kirchner podría comenzar por su propia provincia, Santa Cruz, en la que fue el primero en modificar en clave recontra-reeleccionista la Constitución. Tampoco estaría mal que un presidente tan crítico con los '90 tomara en cuenta los signos inaugurales de la decadencia menemista: 1) la sacralización de una política económica cuya base fundamental (la fijación de una paridad cambiaria artificial) se agotó en cuatro años, y 2) la obsesión (a largo plazo innecesaria y suicida, como se vio en el 2003) por la recontra-reelección.
Lo sucedido en Misiones permite además múltiples lecturas para que tomen nota los opositores. Desde luego, no se trata de salir a anunciar alegremente que después de los desastres patoteriles y el fracaso en Misiones el kirchnerismo agoniza, ni mucho menos de pensar que el esquema de Misiones, en donde la oposición fue a malapena unificada por las iglesias católica y evangélica, pueda ser mecánicamente repetido en el plano nacional. En cambio, se han hecho sí perceptibles algunas tendencias a contramano de lo que hasta ayer nomás se daba por descontado. En primer lugar, la derrota de Rovira es inexplicable sin que buena parte de quienes aceptaron los sobornos clientelistas hicieran después, en la oscuridad del cuarto eleccionario, lo que sus conciencias les dictaban, negándose a resignar el último refugio de dignidad que les quedaba: la libertad de elección. En segundo lugar, esta reacción sólo fue posible porque la oposición presentó un marco unificado de resistencia sin el cual seguramente estaríamos hoy analizando una victoria apoteótica de Rovira. En tercer lugar, la presunción de que la gente sólo vota mirando los índices macroeconómicos (el célebre "¡Es la economía, estúpido!" proferido una vez por Bill Clinton) tambalea cuando a la insuficiente redistribución de los beneficios de la recuperación se suma el apriete político. Estos elementos, sin los cuales la derrota del oficialismo en Misiones no hubiera sido posible, generan serias dudas sobre la invulnerabilidad kirchnerista a nivel nacional, donde todos estos fenómenos están presentes aunque su importancia sea relativamente menor.
Por ahora, la persistente incapacidad de la oposición para conformar un consenso estratégico de defensa de la República y un acuerdo táctico para presentar una sola candidatura opositora por distrito hacen imposible enfrentar al kirchnerismo con posibilidades de éxito. Por el contrario, en el contexto actual su derrota electoral sigue dependiendo del fracaso de las políticas económicas cortoplacistas del Gobierno, de su incapacidad para controlar a sus aliados violentos o de una rebelión de éstos, disconformes con las escasas seguridades que proporciona un liderazgo cuyo único criterio de alianzas parece ser el del éxito perenne.
La incumplida promesa de Kirchner de viajar a Posadas durante la última semana de campaña y el triste destino que hoy aguarda a quien hasta ayer era el dueño de Misiones acaso abran los ojos de los aliados ocasionales del Presidente a los riesgos que la concentración de poder tiene hasta para sus propios impulsores, obliguen a Kirchner a moderar sus relaciones carnales con lo peor del peronismo (sindicalistas, gobernadores e intendentes) y debiliten su alianza corporativa de aspiraciones hegemónicas. No parece poca cosa para un proceso que desde mayo del 2003 ha consistido en un aumento indefinido del poder presidencial que ha encontrado en Misiones su primer límite.
Fernando A. Iglesias es periodista y escritor, autor del libro "Globalizar la Democracia".
