30.10.06Prólogo de Húber Matos - Boitel Vive. Testimonio desde el actual presidio político cubano
Este libro es el relato del preso político cubano Jorge Luis García Pérez (“Antúnez”) quien hasta el día de hoy permanece en prisión. Su integridad y valor deben ser un ejemplo ante los gobiernos democráticos del mundo y ante los organismos internacionales. Para que asuman la responsabilidad de su complicidad y reconozcan que con su indiferencia, silencio y en muchos casos con su financiamiento y comercio, fortalecen a una tiranía que por más de 40 años esclaviza al pueblo cubano.
Jorge Luis García Pérez “Antúnez” nos dice en su libro: “Veinticinco años, cinco meses y quince días era la edad que tenía al ingresar en prisión.
Recientemente cumplí 38 años y al igual que tantos jóvenes cubanos, perdí mis mejores años en la prisión por el solo delito de no compartir con la ideología del gobierno”.
¿Por qué un hombre que ha sufrido, oído y visto hasta dónde puede llegar el cinismo y la maldad de otros hombres es capaz de desafiarla sin que ese desafío le prometa ganancias personales de poder o fortuna? ¿Por qué aún dentro de la cárcel ese hombre no solamente se mantiene vertical para salvar su propia hombría, si no que protesta defendiendo a otros presos que en algunos casos ni siquiera tienen sus mismas ideas y aspiraciones? ¿Por qué ese hombre no parece amedrentado o disminuido por los frecuentes castigos de aislamiento y tortura física y emocional? ¿Por qué el paso de los años, la pérdida obvia de la primera juventud, las enfermedades, la desesperanza que brota de no ver cambios cuando se ha trabajado para ellos por largo tiempo, parecen no hacer mella en sus decisiones y carácter?
¿Por qué aún el sufrimiento de sus seres queridos –y he aquí la prueba más difícil- no logran doblegar su espíritu?
Esta lucha es incomprensible para las personas que viven sin ideales, pero fácil de entender para quienes se han sacudido el yugo de la frente y han estado mirando a la muerte acampar como buitre hambriento. Es la conducta de quienes creen que la patria es agonía y deber, o simplemente para los que conocen la palabra “honradez” y la palabra “honor”; para todos esos, la actitud de Jorge Luis García Pérez “Antúnez” –como sabemos que es para él- es simplemente “natural y sencilla”.
Hijo de una familia obrera y “de color” como le dicen al negro, insinuando que el color negro no es bello como cualquier otro color, tuvo que cursar estudios interno o seminterno debido al precario estado de salud de su señora madre. Fue notable en las letras y en la historia y pronto conoció lo que él describe como “la falsa doctrina de estudio-trabajo que no es otra cosa que el pago del estudio con infatigable jornada de trabajo en el campo a que el régimen castrista somete a cientos de miles de estudiantes”, y continúa él relatando: “Mis primeras inquietudes políticas afloraron encontrándome en el preuniversitario donde tuve la dicha de conocer aunque de forma parcial varios artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y discernir la aguda falta de derecho y libertades a que están sometidos los cubanos”.
Hay personas que afirman que para distinguir entre el bien y el mal hace falta un marco de referencia, pero lo que nos dice Jorge Luis prueba que la noción del bien flota sobre todo y no naufraga jamás. Él valoró aquel bien que descubría y lo encontró irresistible, y así se convirtió en un soldado de los derechos humanos, la libertad y la justicia.
Quería ser abogado, pero ya en duodécimo grado comprendió que para él –como para decenas de miles de jóvenes en Cuba que no se rebajan a los niveles inferiores del castrismo- la educación superior está vedada.
Fue machetero, constructor, agricultor, cursó varios cursos de capacitación, pero su inteligencia y sus esfuerzos se estrellaban contra la pared de hierro del régimen que deja afuera a todo el que no se le somete. Y así, a finales de 1983 es detenido, cuando estando en la Plaza XX Aniversario de Placetas, las Villas, con unos amigos disfrutando de los festejos, él hace unos comentarios donde culpaba a Castro de los sucesos de Granada, en donde hubo 23 víctimas cubanas.
Como chacales, los agentes de la Seguridad del Estado lo apresan, lo arrastran hasta el carro patrullero, y lo conducen hasta la estación de la Policía Nacional Revolucionaria donde es nuevamente golpeado. Tenía entonces 21 años de edad.
Las ideas, las convicciones profundas, son como los volcanes inactivos que van silenciosamente acumulando presión. Así sucedió con Jorge Luis, cuando el 15 de marzo de 1990, estando en la misma plaza, no puede resistir el impulse que le da el oír una alocución radial de Raúl Castro, y exclama: “No queremos comunismo”. “El Comunismo es error y utopía”. “Queremos y necesitamos reformas como las que se efectúan en Europa Oriental”.
Jorge Luis no puso una bomba, no agredió a nadie; no hizo más que decir esas frases, pero eso bastó a los gendarmes del régimen para propinarle una nueva y salvaje paliza, y ser de nuevo conducido a la estación de la Policía Nacional Revolucionaria e instruido de cargos por el llamado delito de “propaganda enemiga oral”, delito al que el tirano, temeroso de perder su dominio sobre las masas, no puede dejar sin un severo castigo.
En junio del mismo año recibió una petición fiscal de 6 años. Allí mismo se declaró en huelga de hambre por 21 días. En julio es condenado a 5 años de privación de libertad, ¡pero ya lleva 15 años en prisión! Sin embargo, ni las rejas son suficientes para detener a este joven valiente y honrado; que insiste en denunciar los abusos, distribuye pancartas y letreros en la cárcel. A cada golpiza de los carceleros, él responde con mayor determinación, nuevas denuncias, huelga de hambre, confinamiento solitario, y el ciclo se repite, y se repite. En febrero 19 de 1991, se declara en rebeldía y rehúsa vestir el uniforme carcelario, y acogerse a las actividades de “reeducación”, -que no son otra cosa que sometimiento y cooperación con el victimario-.
Este libro es el relato del preso político cubano Jorge Luis García Pérez (“Antúnez”) quien hasta el día de hoy permanece en prisión. Su integridad y valor deben ser un ejemplo ante los gobiernos democráticos del mundo y ante los organismos internacionales. Para que asuman la responsabilidad de su complicidad y reconozcan que con su indiferencia, silencio y en muchos casos con su financiamiento y comercio, fortalecen a una tiranía que por más de 40 años esclaviza al pueblo cubano.
Comandante Húber Matos
B. Miami, Florida, USA
Marzo, 2005.
Jorge Luis García Pérez “Antúnez” nos dice en su libro: “Veinticinco años, cinco meses y quince días era la edad que tenía al ingresar en prisión.
Recientemente cumplí 38 años y al igual que tantos jóvenes cubanos, perdí mis mejores años en la prisión por el solo delito de no compartir con la ideología del gobierno”.
¿Por qué un hombre que ha sufrido, oído y visto hasta dónde puede llegar el cinismo y la maldad de otros hombres es capaz de desafiarla sin que ese desafío le prometa ganancias personales de poder o fortuna? ¿Por qué aún dentro de la cárcel ese hombre no solamente se mantiene vertical para salvar su propia hombría, si no que protesta defendiendo a otros presos que en algunos casos ni siquiera tienen sus mismas ideas y aspiraciones? ¿Por qué ese hombre no parece amedrentado o disminuido por los frecuentes castigos de aislamiento y tortura física y emocional? ¿Por qué el paso de los años, la pérdida obvia de la primera juventud, las enfermedades, la desesperanza que brota de no ver cambios cuando se ha trabajado para ellos por largo tiempo, parecen no hacer mella en sus decisiones y carácter?
¿Por qué aún el sufrimiento de sus seres queridos –y he aquí la prueba más difícil- no logran doblegar su espíritu?
Esta lucha es incomprensible para las personas que viven sin ideales, pero fácil de entender para quienes se han sacudido el yugo de la frente y han estado mirando a la muerte acampar como buitre hambriento. Es la conducta de quienes creen que la patria es agonía y deber, o simplemente para los que conocen la palabra “honradez” y la palabra “honor”; para todos esos, la actitud de Jorge Luis García Pérez “Antúnez” –como sabemos que es para él- es simplemente “natural y sencilla”.
Hijo de una familia obrera y “de color” como le dicen al negro, insinuando que el color negro no es bello como cualquier otro color, tuvo que cursar estudios interno o seminterno debido al precario estado de salud de su señora madre. Fue notable en las letras y en la historia y pronto conoció lo que él describe como “la falsa doctrina de estudio-trabajo que no es otra cosa que el pago del estudio con infatigable jornada de trabajo en el campo a que el régimen castrista somete a cientos de miles de estudiantes”, y continúa él relatando: “Mis primeras inquietudes políticas afloraron encontrándome en el preuniversitario donde tuve la dicha de conocer aunque de forma parcial varios artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y discernir la aguda falta de derecho y libertades a que están sometidos los cubanos”.
Hay personas que afirman que para distinguir entre el bien y el mal hace falta un marco de referencia, pero lo que nos dice Jorge Luis prueba que la noción del bien flota sobre todo y no naufraga jamás. Él valoró aquel bien que descubría y lo encontró irresistible, y así se convirtió en un soldado de los derechos humanos, la libertad y la justicia.
Quería ser abogado, pero ya en duodécimo grado comprendió que para él –como para decenas de miles de jóvenes en Cuba que no se rebajan a los niveles inferiores del castrismo- la educación superior está vedada.
Fue machetero, constructor, agricultor, cursó varios cursos de capacitación, pero su inteligencia y sus esfuerzos se estrellaban contra la pared de hierro del régimen que deja afuera a todo el que no se le somete. Y así, a finales de 1983 es detenido, cuando estando en la Plaza XX Aniversario de Placetas, las Villas, con unos amigos disfrutando de los festejos, él hace unos comentarios donde culpaba a Castro de los sucesos de Granada, en donde hubo 23 víctimas cubanas.
Como chacales, los agentes de la Seguridad del Estado lo apresan, lo arrastran hasta el carro patrullero, y lo conducen hasta la estación de la Policía Nacional Revolucionaria donde es nuevamente golpeado. Tenía entonces 21 años de edad.
Las ideas, las convicciones profundas, son como los volcanes inactivos que van silenciosamente acumulando presión. Así sucedió con Jorge Luis, cuando el 15 de marzo de 1990, estando en la misma plaza, no puede resistir el impulse que le da el oír una alocución radial de Raúl Castro, y exclama: “No queremos comunismo”. “El Comunismo es error y utopía”. “Queremos y necesitamos reformas como las que se efectúan en Europa Oriental”.
Jorge Luis no puso una bomba, no agredió a nadie; no hizo más que decir esas frases, pero eso bastó a los gendarmes del régimen para propinarle una nueva y salvaje paliza, y ser de nuevo conducido a la estación de la Policía Nacional Revolucionaria e instruido de cargos por el llamado delito de “propaganda enemiga oral”, delito al que el tirano, temeroso de perder su dominio sobre las masas, no puede dejar sin un severo castigo.
En junio del mismo año recibió una petición fiscal de 6 años. Allí mismo se declaró en huelga de hambre por 21 días. En julio es condenado a 5 años de privación de libertad, ¡pero ya lleva 15 años en prisión! Sin embargo, ni las rejas son suficientes para detener a este joven valiente y honrado; que insiste en denunciar los abusos, distribuye pancartas y letreros en la cárcel. A cada golpiza de los carceleros, él responde con mayor determinación, nuevas denuncias, huelga de hambre, confinamiento solitario, y el ciclo se repite, y se repite. En febrero 19 de 1991, se declara en rebeldía y rehúsa vestir el uniforme carcelario, y acogerse a las actividades de “reeducación”, -que no son otra cosa que sometimiento y cooperación con el victimario-.
Este libro es el relato del preso político cubano Jorge Luis García Pérez (“Antúnez”) quien hasta el día de hoy permanece en prisión. Su integridad y valor deben ser un ejemplo ante los gobiernos democráticos del mundo y ante los organismos internacionales. Para que asuman la responsabilidad de su complicidad y reconozcan que con su indiferencia, silencio y en muchos casos con su financiamiento y comercio, fortalecen a una tiranía que por más de 40 años esclaviza al pueblo cubano.
Comandante Húber Matos
B. Miami, Florida, USA
Marzo, 2005.
