17.08.06Sobre Leyes y Legisladores
Por Constanza Mazzina
He notado con cierto asombro que en los últimos días ha surgido una creciente preocupación ciudadana por aquellos diputados argentinos que nunca han presentado un proyecto de ley. La manifiesta preocupación tiene su origen, entiendo, en la idea según la cual el legislador está para hacer leyes y si no hace leyes, ¿qué hace? ¿para qué le pagamos? También podría ser una manifestación de la preocupación lockeana de que "allí donde termina la ley, empieza la tiranía".
Hacia fines de la década de los 70, el premio nobel de Economía de 1974, Friedrich A. von Hayek se preocupó de que "hemos llegado a llamar ley no a una determinada clase de norma o mandato, pero también a casi todo lo que se resuelve por medio del agente que nosotros llamamos legislatura: la interpretación corriente de la separación de poderes se apoya en un razonamiento circular y lo convierte en un concepto totalmente vacío: solamente la legislatura sanciona leyes y no posee otros poderes, sino que todo lo que resuelve es ley".
En estas líneas aparecen condensadas dos cuestiones: todo es ley siempre que emane del cuerpo legislativo y lo único que debe hacer el cuerpo legislativo es producir leyes. El problema es que nos hemos olvidado de una función fundamental, la más fundamental de todas, que tiene el poder legislativo: controlar al Poder Ejecutivo. Nuestro diseño constitucional fue pensado en esta línea y poseía este sentido originario. El Poder Legislativo tiene constitucionalmente diversas maneras de controlar la acción del ejecutivo: desde las interpelaciones a los ministros, las insistencias congresionales a los vetos presidenciales, los pedidos de informe, negarle la sanción a los proyectos enviados por el ejecutivo, la posibilidad de remoción del Presidente y Vicepresidente de la Nación a través de juicio político y la posibilidad de remoción del Jefe de Gabinete de Ministros, entre otras. Esto supone reconocer y comprender que la función última del Poder Legislativo no es la producción legislativa sino el control entre poderes.
La segunda cuestión que planteaba Hayek (primera en el párrafo citado) era que "todo es ley", todo es legislable y todo puede ser puesto en términos de leyes creadas en el marco del órgano legislativo. Sin embargo, hoy tenemos la certeza de que las leyes tienen por objetivo no ser reglas generales y universales sino instrumentos que benefician a algunos y castigan a otros. La arbitrariedad, la discrecionalidad son las notas constantes y sonantes en la letra de las mismas. Agreguemos además un dato: según un estudio que se dió a conocer en junio del año 2005, apenas el 15 por ciento de las leyes en vigor rige efectivamente en la Argentina. Dicho en otras palabras: de un universo de 26.000 normas sancionadas sólo 4000 logran aplicarse, ya que el cúmulo de derogaciones tácitas, leyes vencidas y superposiciones legislativas se encargaron de contaminar todo el orden jurídico. Entonces, ¿para qué queremos más leyes? ¿Es por que las segundas serán mejor que las primeras? Si es así, este razonamiento es circular y puede aplicarse al infinito… esperemos por las últimas, y obviemos las primeras.
Finalmente, no debemos olvidar que el Congreso cumple una función de legitimación del sistema democrático: en la medida en que desarrolla las funciones anteriormente citadas, las asambleas ayudan a legitimar el sistema político del que forman parte, desde que los ciudadanos ven reflejados de algún modo sus puntos de vista e intereses, administrados sus conflictos tenderán a mantener su apoyo al sistema.
Las palabras de Locke que antecedían a las citadas al inicio de este artículo quizás nos amplíen la idea de lo que el autor nos quiso decir: "pues siempre que el poder que se ha depositado en cualesquiera manos para el gobierno del pueblo y para la preservación de sus propiedades, es utilizado con otros fines y se emplea para empobrecer, intimidar o someter a los súbditos a los mandatos abusivos de quien lo ostenta, se convierte en tiranía, tanto si está en manos de un solo hombre, como si está en las de muchos".
Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Investigadora de la Fundación Friedrich A. von Hayek y Directora Académica Escuela Latinoamericana de Estudios Políticos y Económicos de CADAL.
He notado con cierto asombro que en los últimos días ha surgido una creciente preocupación ciudadana por aquellos diputados argentinos que nunca han presentado un proyecto de ley. La manifiesta preocupación tiene su origen, entiendo, en la idea según la cual el legislador está para hacer leyes y si no hace leyes, ¿qué hace? ¿para qué le pagamos? También podría ser una manifestación de la preocupación lockeana de que "allí donde termina la ley, empieza la tiranía".
Hacia fines de la década de los 70, el premio nobel de Economía de 1974, Friedrich A. von Hayek se preocupó de que "hemos llegado a llamar ley no a una determinada clase de norma o mandato, pero también a casi todo lo que se resuelve por medio del agente que nosotros llamamos legislatura: la interpretación corriente de la separación de poderes se apoya en un razonamiento circular y lo convierte en un concepto totalmente vacío: solamente la legislatura sanciona leyes y no posee otros poderes, sino que todo lo que resuelve es ley".
En estas líneas aparecen condensadas dos cuestiones: todo es ley siempre que emane del cuerpo legislativo y lo único que debe hacer el cuerpo legislativo es producir leyes. El problema es que nos hemos olvidado de una función fundamental, la más fundamental de todas, que tiene el poder legislativo: controlar al Poder Ejecutivo. Nuestro diseño constitucional fue pensado en esta línea y poseía este sentido originario. El Poder Legislativo tiene constitucionalmente diversas maneras de controlar la acción del ejecutivo: desde las interpelaciones a los ministros, las insistencias congresionales a los vetos presidenciales, los pedidos de informe, negarle la sanción a los proyectos enviados por el ejecutivo, la posibilidad de remoción del Presidente y Vicepresidente de la Nación a través de juicio político y la posibilidad de remoción del Jefe de Gabinete de Ministros, entre otras. Esto supone reconocer y comprender que la función última del Poder Legislativo no es la producción legislativa sino el control entre poderes.
La segunda cuestión que planteaba Hayek (primera en el párrafo citado) era que "todo es ley", todo es legislable y todo puede ser puesto en términos de leyes creadas en el marco del órgano legislativo. Sin embargo, hoy tenemos la certeza de que las leyes tienen por objetivo no ser reglas generales y universales sino instrumentos que benefician a algunos y castigan a otros. La arbitrariedad, la discrecionalidad son las notas constantes y sonantes en la letra de las mismas. Agreguemos además un dato: según un estudio que se dió a conocer en junio del año 2005, apenas el 15 por ciento de las leyes en vigor rige efectivamente en la Argentina. Dicho en otras palabras: de un universo de 26.000 normas sancionadas sólo 4000 logran aplicarse, ya que el cúmulo de derogaciones tácitas, leyes vencidas y superposiciones legislativas se encargaron de contaminar todo el orden jurídico. Entonces, ¿para qué queremos más leyes? ¿Es por que las segundas serán mejor que las primeras? Si es así, este razonamiento es circular y puede aplicarse al infinito… esperemos por las últimas, y obviemos las primeras.
Finalmente, no debemos olvidar que el Congreso cumple una función de legitimación del sistema democrático: en la medida en que desarrolla las funciones anteriormente citadas, las asambleas ayudan a legitimar el sistema político del que forman parte, desde que los ciudadanos ven reflejados de algún modo sus puntos de vista e intereses, administrados sus conflictos tenderán a mantener su apoyo al sistema.
Las palabras de Locke que antecedían a las citadas al inicio de este artículo quizás nos amplíen la idea de lo que el autor nos quiso decir: "pues siempre que el poder que se ha depositado en cualesquiera manos para el gobierno del pueblo y para la preservación de sus propiedades, es utilizado con otros fines y se emplea para empobrecer, intimidar o someter a los súbditos a los mandatos abusivos de quien lo ostenta, se convierte en tiranía, tanto si está en manos de un solo hombre, como si está en las de muchos".
Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Investigadora de la Fundación Friedrich A. von Hayek y Directora Académica Escuela Latinoamericana de Estudios Políticos y Económicos de CADAL.
