07.08.06Influencia en baja
Por Susan Kaufman Purcell
El muy discutido giro a la izquierda que ha tomado América Latina tiene un paralelo en la relativa disminución del poder e influencia de Estados Unidos en la región. Específicamente, China, con su insaciable demanda por energía, alimentos y otras materias primas, se ha transformado en un importante protagonista en la región. Además, los altos precios de la energía han permitido a Venezuela usar su abundancia petrolera para desafiar las políticas de Washington e intentar crear y encabezar un bloque de poder antiestadounidense.
Estos acontecimientos tienen importantes implicancias para América Latina. En el corto plazo, la región es beneficiada, particularmente gracias al aumento de las exportaciones a China. También está la expectativa de que China invierta fuertemente en la infraestructura regional. El gobierno asiático también ha prometido aumentar su inversión en industrias capaces de explotar los recursos de América Latina.
América Latina también está obteniendo beneficios de corto plazo de la generosidad económica de Hugo Chávez. El presidente venezolano ha comprado un monto sustancial de deuda argentina, está inyectando dinero a Bolivia para que desarrolle su sector del gas natural, es el principal financista del gasoducto de más de 5.000 millas entre Venezuela y Argentina y está subsidiando fuertemente a la economía cubana.
Sin embargo, hay un lado negativo de la dependencia de América Latina hacia China y Venezuela, así como de la disminución de la influencia de Estados Unidos. Primero, ni China ni Venezuela dan mucha importancia a fortalecer la democracia. Quizá en un principio muchos gobiernos latinoamericanos pudieron haber acogido favorablemente la no intervención en sus asuntos internos, pero el apoyo de Estados Unidos a la democracia es una explicación importante de por qué la región ha sido más democrática que otras.
Segundo, ni China ni Venezuela dan mucha importancia al fortalecimiento de las economías de mercado. Aunque muchos detractores de la globalización pueden no estar de acuerdo, el continente se ha beneficiado del impulso de Washington a las economías de mercado. Las reformas de los 90 no produjeron el crecimiento ni las oportunidades de empleo que muchos esperaban, pero bajaron la inflación, estabilizaron las monedas, atrajeron inversión extranjera, dieron a los consumidores acceso a más y mejores productos a menores precios, y modernizaron la infraestructura, las comunicaciones y otros servicios. Los fracasos, desafortunadamente, fueron significativos. El proceso se detuvo demasiado pronto, antes de que se hicieran reformas laborales, educacionales, tributarias, regulatorias y legales. Además, los cambios carecieron de un componente social que debería haber dado a las clases modestas una participación.
El tercer costo tiene que ver con los militares. Washington intentó ayudar a la región a evitar una costosa carrera armamentista. Sus programas de entrenamiento militar en América Latina enfatizaron la importancia del control civil de las fuerzas armadas y respeto por los derechos humanos, a pesar de que esos esfuerzos no siempre producían los resultados deseados. China, que recientemente se ha visto involucrada en entrenamiento militar en la región, no comparte esos criterios. Y el gobierno venezolano, que tampoco lo hace, está comprometido en una carrera militar sin precedentes. Aunque Chávez afirma que se trata de una estrategia defensiva en contra de presuntos planes estadounidenses de invadir su país, sin duda gatillará una nueva carrera armamentista en la región.
América Latina y Estados Unidos necesitan dar pasos ahora para asegurar que las democracias y las economías de mercado no sean víctimas del nuevo orden global. Los gobiernos, idealmente en asociación con líderes de negocios, laborales y otros, deben encontrar la manera de hacer resurgir las reformas de mercado mientras resuelven algunas de las necesidades de los grupos que se sienten excluidos de sus beneficios. También deben dar a las reformas legales y regulatorias la misma importancia, para asegurar que la democracia responda a las clases modestas. Al mismo tiempo, Estados Unidos debe encontrar nuevos caminos para comprometerse con la región en el fortalecimiento de la democracia y las economías de mercado, de manera que los esfuerzos y logros de la ola previa de reformas no sean en vano.
Susan Kaufman Purcell es Directora del Center for Hemispheric Policy, University of Miami.
Fuente: AméricaEconomía, 28 de junio de 2006.
El muy discutido giro a la izquierda que ha tomado América Latina tiene un paralelo en la relativa disminución del poder e influencia de Estados Unidos en la región. Específicamente, China, con su insaciable demanda por energía, alimentos y otras materias primas, se ha transformado en un importante protagonista en la región. Además, los altos precios de la energía han permitido a Venezuela usar su abundancia petrolera para desafiar las políticas de Washington e intentar crear y encabezar un bloque de poder antiestadounidense.
Estos acontecimientos tienen importantes implicancias para América Latina. En el corto plazo, la región es beneficiada, particularmente gracias al aumento de las exportaciones a China. También está la expectativa de que China invierta fuertemente en la infraestructura regional. El gobierno asiático también ha prometido aumentar su inversión en industrias capaces de explotar los recursos de América Latina.
América Latina también está obteniendo beneficios de corto plazo de la generosidad económica de Hugo Chávez. El presidente venezolano ha comprado un monto sustancial de deuda argentina, está inyectando dinero a Bolivia para que desarrolle su sector del gas natural, es el principal financista del gasoducto de más de 5.000 millas entre Venezuela y Argentina y está subsidiando fuertemente a la economía cubana.
Sin embargo, hay un lado negativo de la dependencia de América Latina hacia China y Venezuela, así como de la disminución de la influencia de Estados Unidos. Primero, ni China ni Venezuela dan mucha importancia a fortalecer la democracia. Quizá en un principio muchos gobiernos latinoamericanos pudieron haber acogido favorablemente la no intervención en sus asuntos internos, pero el apoyo de Estados Unidos a la democracia es una explicación importante de por qué la región ha sido más democrática que otras.
Segundo, ni China ni Venezuela dan mucha importancia al fortalecimiento de las economías de mercado. Aunque muchos detractores de la globalización pueden no estar de acuerdo, el continente se ha beneficiado del impulso de Washington a las economías de mercado. Las reformas de los 90 no produjeron el crecimiento ni las oportunidades de empleo que muchos esperaban, pero bajaron la inflación, estabilizaron las monedas, atrajeron inversión extranjera, dieron a los consumidores acceso a más y mejores productos a menores precios, y modernizaron la infraestructura, las comunicaciones y otros servicios. Los fracasos, desafortunadamente, fueron significativos. El proceso se detuvo demasiado pronto, antes de que se hicieran reformas laborales, educacionales, tributarias, regulatorias y legales. Además, los cambios carecieron de un componente social que debería haber dado a las clases modestas una participación.
El tercer costo tiene que ver con los militares. Washington intentó ayudar a la región a evitar una costosa carrera armamentista. Sus programas de entrenamiento militar en América Latina enfatizaron la importancia del control civil de las fuerzas armadas y respeto por los derechos humanos, a pesar de que esos esfuerzos no siempre producían los resultados deseados. China, que recientemente se ha visto involucrada en entrenamiento militar en la región, no comparte esos criterios. Y el gobierno venezolano, que tampoco lo hace, está comprometido en una carrera militar sin precedentes. Aunque Chávez afirma que se trata de una estrategia defensiva en contra de presuntos planes estadounidenses de invadir su país, sin duda gatillará una nueva carrera armamentista en la región.
América Latina y Estados Unidos necesitan dar pasos ahora para asegurar que las democracias y las economías de mercado no sean víctimas del nuevo orden global. Los gobiernos, idealmente en asociación con líderes de negocios, laborales y otros, deben encontrar la manera de hacer resurgir las reformas de mercado mientras resuelven algunas de las necesidades de los grupos que se sienten excluidos de sus beneficios. También deben dar a las reformas legales y regulatorias la misma importancia, para asegurar que la democracia responda a las clases modestas. Al mismo tiempo, Estados Unidos debe encontrar nuevos caminos para comprometerse con la región en el fortalecimiento de la democracia y las economías de mercado, de manera que los esfuerzos y logros de la ola previa de reformas no sean en vano.
Susan Kaufman Purcell es Directora del Center for Hemispheric Policy, University of Miami.
Fuente: AméricaEconomía, 28 de junio de 2006.
