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07.05.03YO PAGO, TU PAGAS, ÉL NO PAGA, ELLOS NO PRESTAN
Una niña, en la cafetería de su colegio, le pide a un compañero: “Benny, se me quedó mi cartera, ¿me prestas un dólar?. Su amiguito le responde negativamente: “no puedo prestar lo que no tengo”. Otro chico que escucha el diálogo, Pepe, interrumpe: “yo no le presto dinero aPor Nelson Fernández Salvidio
Una niña, en la cafetería de su colegio, le pide a un compañero: “Benny, se me quedó mi cartera, ¿me prestas un dólar?. Su amiguito le responde negativamente: “no puedo prestar lo que no tengo”. Otro chico que escucha el diálogo, Pepe, interrumpe: “yo no le presto dinero a niñas; ellas no son confiables”. Con cara de decepción, Carla escucha la propuesta de otro compañerito: “yo te lo presto si me pagas 2,50 el viernes”. Entonces, Luis se acerca y dice: “Cuidado con ese, Carla. Toma, confiaré en ti hasta mañana” y le da el billete verde. “¡Vale! Me alegro de que sólo necesito un dólar”, responde la niña. Al día siguiente, Carla se acerca a su amigo y honra su compromiso: “Aquí está tu dólar más diez centavos por ayudarme”.
La sucesión de dialoguitos forma parte de una historieta que recogí en 1993 en la Reserva Federal de Nueva York. El folleto se llama “La historia del crédito al consumidor” y explica en forma sencilla las transacciones de esta naturaleza. Lecciones para niños, para adolescentes, pero que en Uruguay cuesta comprender a nivel de adultos. Y eso tiene un costo para la sociedad, aunque no sea muy visible.
En los últimos tiempos, algunas personas que mantienen deudas en dólares y que como consecuencia de la devaluación tienen problemas para hacer frente a sus compromisos, se han agrupado en asociaciones que reclaman una solución política.
En general se trata de personas que contrajeron créditos para consumo o fundamentalmente de tipo hipotecario, para compra de vivienda.
También se han agrupado en una asociación similar, y que también reclaman solución política, personas que tienen deudas en Unidades Reajustables (UR). Esto puede llamar la atención. Porque en el caso de la gente que tiene deuda en dólares hay un impacto negativo de la devaluación del año pasado, pero en el caso de la UR, como ésta sigue la evolución del promedio salarial, no ha habido salto brusco alguno de esa variable.
Por ejemplo, en todo 2002 y lo que va de este año, la inflación fue 38% y el precio del dólar aumentó 131%. Pero la UR aumentó sólo 3,8%, o sea que ni llegó a 4% en 16 meses.
Incluso en un plazo más largo, se puede ver que a fines de 1998 e inicios de 1999, una UR valía cerca de 190 pesos uruguayos. Y ahora no llega a los 210 pesos.
Obviamente, los deudores en UR no se han visto perjudicados en el último tiempo por algún salto brusco de la variable en la que se endeudaron. Sin embargo, igual que los deudores en dólares, quieren instalar una carpa frente al Parlamento para protestar y reclamar que el sistema político les de una solución.
Es claro que tienen derecho a reclamar y a pedir lo que les parezca. Pero es curioso.
La actitud de los deudores individuales (por créditos a familias) sigue al tradicional reclamo de productores agropecuarios. Su protesta ha sido recurrente en los últimos tiempos (no muy fuerte actualmente, que el negocio del agro está creciendo). Aunque ha sido atendido con medidas de alivio para refinanciar con facilidades, se ha llegado al extremo de decir que la única solución es que se perdone toda la deuda.
Si eso ocurre, si ese discurso tiene acogida, es porque la sociedad uruguaya ha generado –no ahora, sino en mucho tiempo– un clima propicio a creer que los problemas se solucionan por ley, por decreto, o dicho de otra forma, “por la vía política”.
Varios dirigentes piensan en ese sentido. Y en el tema endeudamiento, hay una tendencia a creer que eso es posible y sano para el país. No sólo en legisladores de la oposición, sino en algunos que pertenecen a los partidos políticos tradicionales, que han estado en la responsabilidad de gobierno.
Ese esquema de pensamiento olvida la contrapartida del asunto. Como sería muy grosero “votar soluciones políticas” para las deudas con bancos privados, eso se aplica a la banca estatal (aunque se amenaza con generalizarlo). Y además, a esa misma banca pública, se le pide, se le exige, que sea “el motor de crédito”.
Cada préstamo que el banco no recupera, afecta a alguien que está esperando un crédito y no logra su propósito. Pero además, si se le favorece al deudor, o sea si éste obtiene una ganancia en la solución política (que pague menos, que le perdonen capital o intereses), eso significa que alguien pierde. ¿Quién? El banco, o sea los contribuyentes, porque es estatal. Y después muchos se asombran cuando se divulgan las pérdidas de los bancos del Estado.
Pero el efecto negativo es más grande. Porque se generaliza la sensación del “no pago”. El que tiene problemas espera la ayuda, pero el que pagó en fecha se siente estafado: “el que paga es un gil”.
Son los incentivos implícitos que están en la sociedad. Si uno alquila un automóvil no piensa que se lo puede quedar: es claro que sentiría que está robando (y si no lo siente, sentiría la sirena de la policía tras de él). Pero si pide prestado dinero a un banco, le parece que no está mal que lo devuelva. Es más, cree que se le debe amparar por una ley para quedarse con ese dinero.
Claro que argumenta que no puede pagar, que el gobierno se había comprometido con una política cambiaria y se apartó de ella, etcétera. Pero cuando contrajo el crédito no sintió que esos eran riesgos y que debía prepararse para una eventualidad de esa naturaleza. O que aún cuando se haya preparado y las cosas no le salieron bien, es un problema de él con la institución que le prestó y entre las partes deben llegar a un acuerdo, sin intervención de terceros.
Es un tema cultural.
El problema serio es la consecuencia. Si la recuperación de créditos es difícil (incluso trabada políticamente), los que tengan dinero para prestar lo van a pensar dos veces, seleccionarán bien a quien darle crédito y cobrarán un plus de interés por el riesgo que ello implica.
Y en un país con bajísima tasa de inversión y con escasas posibilidades a recurrir a crédito externo, el crédito doméstico es primera necesidad.
Ultimamente se habla de las oportunidades de negocios que hay en el campo. Y que para gente que tiene ahorros escondidos en su casa y no quiere depositarlos, es una posibilidad de inversión. Pero para eso, tiene que prestar su dinero a productores agropecuarios. ¿A quiénes? ¿A esos que uno recuerda como reclamantes históricos del “no pago”? Obvio que no son todos así, pero los que más se expresan públicamente, han logrado meter esa marca a fuego.
Si los bancos no recuperan créditos no pueden prestar (“no puedo prestar lo que no tengo”, decía el niño Benny en la historieta de referencia). Hay acredores que juzgan injustamente al deudor (“yo no le presto dinero a niñas”, decía Pepe) y eso muchas veces es por culpa de generalizar en base a malos acreedores. Puede haber más de un tipo de acreedor…como el que quería cobrar 2,50 por prestar un dólar. Pero fundamentalmente, el “acuerdo de préstamo requiere el deseo de pagar la deuda más el interés correspondiente”, dice la historieta en referencia a “Carla”, que devolvió a su amiguito el dólar más 10 centavos por “ayudarla”.
Yo pago mis deudas, usted paga sus deudas. Y da mucha bronca que otros tengan licencia para no pagar. Pero además de esa injusticia, si “él no paga”, entonces “ellos” -los bancos- no prestan. Y en un país donde no hay crédito, no hay inversión, no hay desarrollo económico.
La historieta para niños, que no comprenden muchos de nuestros mayores, marca una diferencia entre un país desarrollado y otro empobrecido.
Nelson Fernández es periodista. Este artículo fue publicado en la Revista Búsqueda de Montevideo, el jueves 8 de mayo de 2003.
Por Nelson Fernández Salvidio
Una niña, en la cafetería de su colegio, le pide a un compañero: “Benny, se me quedó mi cartera, ¿me prestas un dólar?. Su amiguito le responde negativamente: “no puedo prestar lo que no tengo”. Otro chico que escucha el diálogo, Pepe, interrumpe: “yo no le presto dinero a niñas; ellas no son confiables”. Con cara de decepción, Carla escucha la propuesta de otro compañerito: “yo te lo presto si me pagas 2,50 el viernes”. Entonces, Luis se acerca y dice: “Cuidado con ese, Carla. Toma, confiaré en ti hasta mañana” y le da el billete verde. “¡Vale! Me alegro de que sólo necesito un dólar”, responde la niña. Al día siguiente, Carla se acerca a su amigo y honra su compromiso: “Aquí está tu dólar más diez centavos por ayudarme”.
La sucesión de dialoguitos forma parte de una historieta que recogí en 1993 en la Reserva Federal de Nueva York. El folleto se llama “La historia del crédito al consumidor” y explica en forma sencilla las transacciones de esta naturaleza. Lecciones para niños, para adolescentes, pero que en Uruguay cuesta comprender a nivel de adultos. Y eso tiene un costo para la sociedad, aunque no sea muy visible.
En los últimos tiempos, algunas personas que mantienen deudas en dólares y que como consecuencia de la devaluación tienen problemas para hacer frente a sus compromisos, se han agrupado en asociaciones que reclaman una solución política.
En general se trata de personas que contrajeron créditos para consumo o fundamentalmente de tipo hipotecario, para compra de vivienda.
También se han agrupado en una asociación similar, y que también reclaman solución política, personas que tienen deudas en Unidades Reajustables (UR). Esto puede llamar la atención. Porque en el caso de la gente que tiene deuda en dólares hay un impacto negativo de la devaluación del año pasado, pero en el caso de la UR, como ésta sigue la evolución del promedio salarial, no ha habido salto brusco alguno de esa variable.
Por ejemplo, en todo 2002 y lo que va de este año, la inflación fue 38% y el precio del dólar aumentó 131%. Pero la UR aumentó sólo 3,8%, o sea que ni llegó a 4% en 16 meses.
Incluso en un plazo más largo, se puede ver que a fines de 1998 e inicios de 1999, una UR valía cerca de 190 pesos uruguayos. Y ahora no llega a los 210 pesos.
Obviamente, los deudores en UR no se han visto perjudicados en el último tiempo por algún salto brusco de la variable en la que se endeudaron. Sin embargo, igual que los deudores en dólares, quieren instalar una carpa frente al Parlamento para protestar y reclamar que el sistema político les de una solución.
Es claro que tienen derecho a reclamar y a pedir lo que les parezca. Pero es curioso.
La actitud de los deudores individuales (por créditos a familias) sigue al tradicional reclamo de productores agropecuarios. Su protesta ha sido recurrente en los últimos tiempos (no muy fuerte actualmente, que el negocio del agro está creciendo). Aunque ha sido atendido con medidas de alivio para refinanciar con facilidades, se ha llegado al extremo de decir que la única solución es que se perdone toda la deuda.
Si eso ocurre, si ese discurso tiene acogida, es porque la sociedad uruguaya ha generado –no ahora, sino en mucho tiempo– un clima propicio a creer que los problemas se solucionan por ley, por decreto, o dicho de otra forma, “por la vía política”.
Varios dirigentes piensan en ese sentido. Y en el tema endeudamiento, hay una tendencia a creer que eso es posible y sano para el país. No sólo en legisladores de la oposición, sino en algunos que pertenecen a los partidos políticos tradicionales, que han estado en la responsabilidad de gobierno.
Ese esquema de pensamiento olvida la contrapartida del asunto. Como sería muy grosero “votar soluciones políticas” para las deudas con bancos privados, eso se aplica a la banca estatal (aunque se amenaza con generalizarlo). Y además, a esa misma banca pública, se le pide, se le exige, que sea “el motor de crédito”.
Cada préstamo que el banco no recupera, afecta a alguien que está esperando un crédito y no logra su propósito. Pero además, si se le favorece al deudor, o sea si éste obtiene una ganancia en la solución política (que pague menos, que le perdonen capital o intereses), eso significa que alguien pierde. ¿Quién? El banco, o sea los contribuyentes, porque es estatal. Y después muchos se asombran cuando se divulgan las pérdidas de los bancos del Estado.
Pero el efecto negativo es más grande. Porque se generaliza la sensación del “no pago”. El que tiene problemas espera la ayuda, pero el que pagó en fecha se siente estafado: “el que paga es un gil”.
Son los incentivos implícitos que están en la sociedad. Si uno alquila un automóvil no piensa que se lo puede quedar: es claro que sentiría que está robando (y si no lo siente, sentiría la sirena de la policía tras de él). Pero si pide prestado dinero a un banco, le parece que no está mal que lo devuelva. Es más, cree que se le debe amparar por una ley para quedarse con ese dinero.
Claro que argumenta que no puede pagar, que el gobierno se había comprometido con una política cambiaria y se apartó de ella, etcétera. Pero cuando contrajo el crédito no sintió que esos eran riesgos y que debía prepararse para una eventualidad de esa naturaleza. O que aún cuando se haya preparado y las cosas no le salieron bien, es un problema de él con la institución que le prestó y entre las partes deben llegar a un acuerdo, sin intervención de terceros.
Es un tema cultural.
El problema serio es la consecuencia. Si la recuperación de créditos es difícil (incluso trabada políticamente), los que tengan dinero para prestar lo van a pensar dos veces, seleccionarán bien a quien darle crédito y cobrarán un plus de interés por el riesgo que ello implica.
Y en un país con bajísima tasa de inversión y con escasas posibilidades a recurrir a crédito externo, el crédito doméstico es primera necesidad.
Ultimamente se habla de las oportunidades de negocios que hay en el campo. Y que para gente que tiene ahorros escondidos en su casa y no quiere depositarlos, es una posibilidad de inversión. Pero para eso, tiene que prestar su dinero a productores agropecuarios. ¿A quiénes? ¿A esos que uno recuerda como reclamantes históricos del “no pago”? Obvio que no son todos así, pero los que más se expresan públicamente, han logrado meter esa marca a fuego.
Si los bancos no recuperan créditos no pueden prestar (“no puedo prestar lo que no tengo”, decía el niño Benny en la historieta de referencia). Hay acredores que juzgan injustamente al deudor (“yo no le presto dinero a niñas”, decía Pepe) y eso muchas veces es por culpa de generalizar en base a malos acreedores. Puede haber más de un tipo de acreedor…como el que quería cobrar 2,50 por prestar un dólar. Pero fundamentalmente, el “acuerdo de préstamo requiere el deseo de pagar la deuda más el interés correspondiente”, dice la historieta en referencia a “Carla”, que devolvió a su amiguito el dólar más 10 centavos por “ayudarla”.
Yo pago mis deudas, usted paga sus deudas. Y da mucha bronca que otros tengan licencia para no pagar. Pero además de esa injusticia, si “él no paga”, entonces “ellos” -los bancos- no prestan. Y en un país donde no hay crédito, no hay inversión, no hay desarrollo económico.
La historieta para niños, que no comprenden muchos de nuestros mayores, marca una diferencia entre un país desarrollado y otro empobrecido.
La sucesión de dialoguitos forma parte de una historieta que recogí en 1993 en la Reserva Federal de Nueva York. El folleto se llama “La historia del crédito al consumidor” y explica en forma sencilla las transacciones de esta naturaleza. Lecciones para niños, para adolescentes, pero que en Uruguay cuesta comprender a nivel de adultos. Y eso tiene un costo para la sociedad, aunque no sea muy visible.
En los últimos tiempos, algunas personas que mantienen deudas en dólares y que como consecuencia de la devaluación tienen problemas para hacer frente a sus compromisos, se han agrupado en asociaciones que reclaman una solución política.
En general se trata de personas que contrajeron créditos para consumo o fundamentalmente de tipo hipotecario, para compra de vivienda.
También se han agrupado en una asociación similar, y que también reclaman solución política, personas que tienen deudas en Unidades Reajustables (UR). Esto puede llamar la atención. Porque en el caso de la gente que tiene deuda en dólares hay un impacto negativo de la devaluación del año pasado, pero en el caso de la UR, como ésta sigue la evolución del promedio salarial, no ha habido salto brusco alguno de esa variable.
Por ejemplo, en todo 2002 y lo que va de este año, la inflación fue 38% y el precio del dólar aumentó 131%. Pero la UR aumentó sólo 3,8%, o sea que ni llegó a 4% en 16 meses.
Incluso en un plazo más largo, se puede ver que a fines de 1998 e inicios de 1999, una UR valía cerca de 190 pesos uruguayos. Y ahora no llega a los 210 pesos.
Obviamente, los deudores en UR no se han visto perjudicados en el último tiempo por algún salto brusco de la variable en la que se endeudaron. Sin embargo, igual que los deudores en dólares, quieren instalar una carpa frente al Parlamento para protestar y reclamar que el sistema político les de una solución.
Es claro que tienen derecho a reclamar y a pedir lo que les parezca. Pero es curioso.
La actitud de los deudores individuales (por créditos a familias) sigue al tradicional reclamo de productores agropecuarios. Su protesta ha sido recurrente en los últimos tiempos (no muy fuerte actualmente, que el negocio del agro está creciendo). Aunque ha sido atendido con medidas de alivio para refinanciar con facilidades, se ha llegado al extremo de decir que la única solución es que se perdone toda la deuda.
Si eso ocurre, si ese discurso tiene acogida, es porque la sociedad uruguaya ha generado –no ahora, sino en mucho tiempo– un clima propicio a creer que los problemas se solucionan por ley, por decreto, o dicho de otra forma, “por la vía política”.
Varios dirigentes piensan en ese sentido. Y en el tema endeudamiento, hay una tendencia a creer que eso es posible y sano para el país. No sólo en legisladores de la oposición, sino en algunos que pertenecen a los partidos políticos tradicionales, que han estado en la responsabilidad de gobierno.
Ese esquema de pensamiento olvida la contrapartida del asunto. Como sería muy grosero “votar soluciones políticas” para las deudas con bancos privados, eso se aplica a la banca estatal (aunque se amenaza con generalizarlo). Y además, a esa misma banca pública, se le pide, se le exige, que sea “el motor de crédito”.
Cada préstamo que el banco no recupera, afecta a alguien que está esperando un crédito y no logra su propósito. Pero además, si se le favorece al deudor, o sea si éste obtiene una ganancia en la solución política (que pague menos, que le perdonen capital o intereses), eso significa que alguien pierde. ¿Quién? El banco, o sea los contribuyentes, porque es estatal. Y después muchos se asombran cuando se divulgan las pérdidas de los bancos del Estado.
Pero el efecto negativo es más grande. Porque se generaliza la sensación del “no pago”. El que tiene problemas espera la ayuda, pero el que pagó en fecha se siente estafado: “el que paga es un gil”.
Son los incentivos implícitos que están en la sociedad. Si uno alquila un automóvil no piensa que se lo puede quedar: es claro que sentiría que está robando (y si no lo siente, sentiría la sirena de la policía tras de él). Pero si pide prestado dinero a un banco, le parece que no está mal que lo devuelva. Es más, cree que se le debe amparar por una ley para quedarse con ese dinero.
Claro que argumenta que no puede pagar, que el gobierno se había comprometido con una política cambiaria y se apartó de ella, etcétera. Pero cuando contrajo el crédito no sintió que esos eran riesgos y que debía prepararse para una eventualidad de esa naturaleza. O que aún cuando se haya preparado y las cosas no le salieron bien, es un problema de él con la institución que le prestó y entre las partes deben llegar a un acuerdo, sin intervención de terceros.
Es un tema cultural.
El problema serio es la consecuencia. Si la recuperación de créditos es difícil (incluso trabada políticamente), los que tengan dinero para prestar lo van a pensar dos veces, seleccionarán bien a quien darle crédito y cobrarán un plus de interés por el riesgo que ello implica.
Y en un país con bajísima tasa de inversión y con escasas posibilidades a recurrir a crédito externo, el crédito doméstico es primera necesidad.
Ultimamente se habla de las oportunidades de negocios que hay en el campo. Y que para gente que tiene ahorros escondidos en su casa y no quiere depositarlos, es una posibilidad de inversión. Pero para eso, tiene que prestar su dinero a productores agropecuarios. ¿A quiénes? ¿A esos que uno recuerda como reclamantes históricos del “no pago”? Obvio que no son todos así, pero los que más se expresan públicamente, han logrado meter esa marca a fuego.
Si los bancos no recuperan créditos no pueden prestar (“no puedo prestar lo que no tengo”, decía el niño Benny en la historieta de referencia). Hay acredores que juzgan injustamente al deudor (“yo no le presto dinero a niñas”, decía Pepe) y eso muchas veces es por culpa de generalizar en base a malos acreedores. Puede haber más de un tipo de acreedor…como el que quería cobrar 2,50 por prestar un dólar. Pero fundamentalmente, el “acuerdo de préstamo requiere el deseo de pagar la deuda más el interés correspondiente”, dice la historieta en referencia a “Carla”, que devolvió a su amiguito el dólar más 10 centavos por “ayudarla”.
Yo pago mis deudas, usted paga sus deudas. Y da mucha bronca que otros tengan licencia para no pagar. Pero además de esa injusticia, si “él no paga”, entonces “ellos” -los bancos- no prestan. Y en un país donde no hay crédito, no hay inversión, no hay desarrollo económico.
La historieta para niños, que no comprenden muchos de nuestros mayores, marca una diferencia entre un país desarrollado y otro empobrecido.
Nelson Fernández es periodista. Este artículo fue publicado en la Revista Búsqueda de Montevideo, el jueves 8 de mayo de 2003.
