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03.05.06

Un golpe de efecto para consolidar poder

Por Jorge Elías

Con la nacionalización de los hidrocarburos, Evo Morales tocó la fibra más sensible de la economía y de la política de su país, rico en las entrañas, pobre al nivel del mar y más pobre aún en las alturas de La Paz. Tocó, también, la fibra más sensible de América latina: demostró que, si de una posición ideológica se trata, no hay una izquierda, sino dos, y que, a su vez, el péndulo continúa oscilando al compás de la relación con los Estados Unidos, aunque las inversiones provengan de Europa y el comercio dependa de China.

A fines del año pasado arribaron a La Paz emisarios españoles, franceses y norteamericanos. Estaban preocupados por el plazo que Morales se había dado para cumplir con la palabra que iba empeñar el día que asumió la presidencia: tardó 99 días desde el 22 de enero para decidir por decreto "que todos los recursos naturales pasen a manos del Estado boliviano".

En el Congreso, mientras desgranaba esa intención en el discurso inaugural, no sorprendió a nadie. La nacionalización de los recursos naturales había sido el eje de su campaña proselitista, cual prólogo del final de la era que creó el decreto 21.060, firmado en 1985 por Víctor Paz Estenssoro. Base, entonces, del plan de ajuste estructural y de terapia de choque contra la hiperinflación que sucedió al sesgo estatista que había impreso el mismo presidente en 1952.

Con el retorno a los orígenes, como si más de medio siglo de fracasos no hubiera sido suficiente, Morales tocó la fibra más sensible de la economía del país más pobre de América del Sur y de la política, huérfana de partidos tradicionales, en un año signado por el rediseño de la distribución del ingreso que impondrá la Asamblea Constituyente frente a los reclamos de las regiones más favorecidas, hartas de subsidiar a las menos favorecidas.

En fina sintonía con Hugo Chávez, su padrino electoral, Morales reforzó ayer la línea que había lanzado poco antes en La Habana: firmó con él y con el anfitrión, Fidel Castro, un tratado de comercio inspirado en la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), reverso del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que pregonan George W. Bush, Vicente Fox y otros presidentes, en momentos en los que abundan los conflictos bilaterales y personales en la región.

Ambos movimientos de Morales responden, en cierto modo, al mejor consejo que recogió del primero en felicitarlo apenas ganó las elecciones, Néstor Kirchner: "Debés amasar poder de entrada", según confió a LA NACION un allegado del dirigente que cobró relevancia gracias a los cortes de ruta contra el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, depuesto por inercia propia.

El primer aymara puro en la presidencia de Bolivia no parece dispuesto a perder la oportunidad en un momento delicado: el alza del precio del petróleo dictada por la situación de Irán y otros factores, al cual contribuyó con el inminente decreto 28.701, y los preparativos de Chávez para aumentar los impuestos y las regalías a las compañías extranjeras que operan en la cuenca del río Orinoco.

Esa tendencia de eventual repliegue, al margen de la puntualidad de Chávez en enviar petróleo a los Estados Unidos, coincide, a su vez, con los rayos y centellas que lanzaron ambos contra sus pares de Perú, Alejandro Toledo, y de Colombia, Alvaro Uribe, por suscribir acuerdos de libre comercio con el gobierno de Bush en desmedro de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y de los indígenas.

Señal de que en América latina conviven dos izquierdas y dos estilos: Chávez y Morales, bendecidos por Castro, van hacia un lado, y Michelle Bachelet y Tabaré Vázquez van hacia el otro, mientras Lula y Kirchner buscan prevalecer en una geografía desencantada con la democracia en general y encantada con los golpes de efecto en particular. En todos los casos, la agenda doméstica prima sobre el interés regional.

Con la firma del Tratado de Comercio de los Pueblos (TCP), con Venezuela y Cuba, Morales quiso honrar dos baluartes de la economía y de la política de su país: la hoja de coca y la soja. Y quiso aprovechar la coyuntura: Bush, con un 35% de popularidad, enfrenta los fantasmas de perder la mayoría republicana en el Capitolio en las elecciones de noviembre y de transitar los dos últimos años de su gestión con el estigma de la debilidad.

Son los fantasmas más temidos, allá y acá, frente a los cuales no parece haber mejor resguardo que dar el golpe (de efecto, no de Estado como antes) y "amasar poder de entrada", aunque sea por decreto.

Fuente: Diario La Nación (Buenos Aires)
http://www.lanacion.com.ar/exterior/nota.asp?nota_id=802160