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30.01.06

Bienvenido al mundo real

Por James Neilson

A menos que uno cuente con una cantidad fenomenal de petróleo o ya esté de vuelta de preocupaciones materiales, no es nada fácil desempeñar con éxito el papel del líder revolucionario fogoso en un mundo en que los comunistas chinos sienten más entusiasmo por el capitalismo salvaje que los republicanos yanquis y en todas las latitudes gobernantes izquierdistas se preocupan más por las vicisitudes de los mercados financieros internacionales que por los complicados temas ideológicos que los obsesionaban cuando podían darse el lujo de hacer gala de su irresponsabilidad.

Es lógico, pues, que el Evo Morales poselectoral haya resultado ser un hombre muy distinto del destructor serial de gobiernos y enemigo declarado del neoliberalismo, los Estados Unidos, la globalización, el comercio y todas las demás manifestaciones del mal absoluto que era antes de recibir casi el 54 por ciento de los votos. También lo sería que el presidente Morales resultara ser un mandatario casi "normal" que subordinara sus propias fantasías ideológicas al interés de la mayoría de los bolivianos de carne y hueso, si bien el hecho de que dos tercios sean indígenas como él mismo lo obligará a tomar medidas que indignarán a los habituados a un orden social que se asemeja bastante al sudafricano de otros tiempos aunque, por suerte, en Bolivia las diferencias raciales no están codificadas de manera tan pedante como fue el caso en el país que nos dio la apartheid.

Morales se enfrenta con el desafío de encontrar el modo de complacer a sus simpatizantes de siempre sin por eso cometer errores garrafales que harían de su período en el poder una aventura breve de desenlace terrible signada por revueltas militares, paros interminables, el desabastecimiento generalizado y, quizás, una guerra civil que culminara con la secesión del departamento más rico y más blanco que es Santa Cruz. Su método podría calificarse de kirchnerista: mucho simbolismo para la izquierda y, en su caso, los pueblos indígenas combinado con el sentido común cuando se trata de asuntos que son demasiado importantes como para prestarse a la politización instantánea. Por cierto, el ex pastor de llamas parece comprender muy bien que le sería suicida intentar poner en práctica las consignas beligerantes que tantos beneficios le produjeron cuando se concentraba en asegurar que Bolivia fuera ingobernable por otros. Como dijo, "después de viajar y conversar con muchos presidentes, entendí que el rol del gobierno es hacer buenos negocios para el país". Se trata de una declaración de principios hiperpragmáticos que habrá horrorizado a su "abuelo sabio", Fidel Castro, un dictador que prefiere que sus compatriotas vivan en la miseria a permitirles ser contaminados por el capitalismo, temor éste que no parece compartir Morales, acaso porque, lo mismo que Lula, no es un intelectual de clase media sino un hombre que sabe lo que es ser pobre. Por lo demás, decepcionó a muchos admiradores al afirmar que si hay una revolución en Bolivia no sería "con balas sino con votos".

Pues bien: ¿sería un buen negocio para Bolivia nacionalizar el petróleo, el gas y otras materias primas? Si la experiencia universal significa algo, la respuesta es una negativa rotunda, de suerte que cuando Morales proclamó que los recursos naturales "deben pasar a manos del pueblo boliviano" no entró en detalles acerca de las consecuencias concretas del presunto cambio, acaso porque lo que tiene en mente es menos drástico de lo que muchos quieren o temen aunque en las semanas próximas sus compañeros marxistas y sindicalistas tratarán de forzarlo a darles el control de las fuentes de ingresos del país. Asimismo, aunque en Bolivia el nombramiento de un gabinete lleno de personas de origen aymara o quechua pareció revolucionario, en vista de la conformación étnica del país lo único escandaloso es que fuera tomado por una iniciativa osada.

Dadas las circunstancias, es injusto tildar a Morales de racista porque aspira a mejorar el status de los indígenas bolivianos. Lo mismo que los líderes negros de los Estados Unidos de los años sesenta, el aymara tiene pleno derecho a quejarse por la postergación histórica de un sector muy importante de la población que, como señaló ante el Congreso, se ve reflejada por la falta de generales -o de grandes empresarios- "que se apelliden Mamani, Condori o Ayma".

Resolver los muchos problemas así supuestos no le será sencillo. Un programa de "discriminación positiva" a favor de los grupos rezagados como los ensayados no sólo en los Estados Unidos sino también en otros países multi-étnicos como Malasia podría ser útil durante cierto tiempo, pero de institucionalizarse perjudicaría no sólo a muchos de origen mayormente europeo sino también a los presuntos beneficiados que se acostumbrarían a ser juzgados conforme a pautas menos exigentes que las consideradas apropiadas para los demás. En los Estados Unidos ya son muchos los negros convencidos de que andando el tiempo la "discriminación positiva" ha contribuido a difundir una cultura de la víctima que, lejos de ayudar a sus congéneres, ha servido para mantenerlos atrapados en un ghetto psicológico.

En Bolivia y en otros países andinos, la cuestión étnica está cobrando cada vez más importancia como resultado de la democratización que brinda a los representantes de la mayoría más oportunidades para alcanzar el poder de lo que tenían cuando el ejército local era dueño de la última palabra. Por lo común, los líderes de grupos étnicos con muchos motivos para quejarse hablan el lenguaje de la progresía internacional contemporánea que, a diferencia de sus putativos ancestros espirituales de épocas menos ilustradas, ya no predica el daltonismo racial sino que ha descubierto los usos de la llamada "política de la identidad" que antes era propia de la extrema derecha. Con todo, aunque siempre y cuando las fuerzas armadas no intervengan los movimientos de este tipo pueden apoderarse del gobierno, sus doctrinas, una mezcolanza de mitología patriótica autóctona, rencor y nociones supuestamente progresistas importadas desde Europa y los Estados Unidos, no les servirán para gobernar con un mínimo de eficacia. Antes bien, de aplicarse sólo significarían más pobreza, más atraso y más aislamiento de un mundo "globalizado" que está desarrollándose a una velocidad pasmosa.

La gira que llevó a Morales no sólo a Cuba y Venezuela sino también a España, Francia, Bélgica, China y Sudáfrica fue su forma de subrayar que a su juicio Bolivia debería privilegiar su inserción en dicho mundo. Inspirándose tal vez en el ejemplo brindado por el presidente afgano Hamid Karzai que se hizo famoso no por sus ideas sino por su capa a rayas de seda verde, Morales se negó a cambiar su chomba a rayas favorita por un traje y corbata, de este modo subrayando su autenticidad aunque lo que pronto sería la prenda más comentada de América latina no es un tradicional vestido inca sino un jumper típicamente inglés -de ahí su nombre- que lo mismo que el bombín londinense ha invadido el altiplano. De todos modos, merced a la "evomanía" desatada en buena medida por su indumentaria, Morales ha podido no sólo hablar de la necesidad herética de hacer buenos negocios sino también platicar amablemente con personajes como el presidente chileno Ricardo Lagos y el representante de los Estados Unidos, Tom Shannon, sin provocar un estallido de ira entre sus partidarios. Puesto que antes de las elecciones de diciembre los hubo que advirtieron que de triunfar Morales no tardaría en declarar la guerra a Chile y romper con Washington, aquellos gestos fueron muy significantes.

Tal y como sucedió cuando Tabaré Vázquez triunfó en Uruguay, la izquierda cree que con Morales instalado en el Palacio Quemado habrá más sintonía entre los mandatarios sudamericanos, pero ya que a su modo todos son nacionalistas, es más probable que impere la discordia. Como no pudo ser de otra manera, Morales quiere que la Argentina y Brasil paguen un precio decente por el gas boliviano que compren: parece que el boliviano no entiende que la solidaridad latinoamericana significa que el país más pobre de la región debería subsidiar a sus vecinos relativamente ricos. Y si bien Hugo Chávez ha sido su padrino, no le gusta demasiado la posibilidad de que el gasoducto gigantesco proyectado por el venezolano reduzca el valor de lo que para él es un recurso natural estratégico. Así, pues, si bien la ideología y el sentimiento lo tiran hacia un lado, los intereses concretos de Bolivia lo tiran hacia otro con fuerza creciente, de suerte que la irrupción del aymara en las grandes ligas podría producir cambios geopolíticos muy diferentes de los previstos cuando era poco más que un agitador callejero talentoso que se oponía a la venta del gas patrio y amenazaba con erigirse en la pesadilla de los Estados Unidos.                       

James Neilson es periodista y analista político, ex director de "The Buenos Aires Herald".
 
Fuente: Revista Noticias