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29.12.05

Los garantes de la democracia

Por Sergio Berensztein

En los regímenes presidencialistas, la única garantía para que la democracia no sucumba a los devaneos autoritarios a los que a menudo la someten los poderes ejecutivos es que las fuerzas de oposición se comprometan en defensa de la libertad y los derechos humanos y denuncien cualquier intento de coartar los principios fundamentales de la República. Las organizaciones de la sociedad civil, los medios de comunicación, los intelectuales y la ciudadanía deben hacer su aporte. Pero sin el liderazgo de la oposición, fundamentalmente aquellos partidos que tienen representación parlamentaria, la democracia está en peligro.

El mundo sería un lugar mucho más apacible si el único país que enfrentara estos dilemas fuera la Argentina. En efecto, Venezuela ya sucumbió hace tiempo a los caprichos autocráticos de Hugo Chávez. La Rusia de Putin va en el mismo camino, desandando el tímido avance hacia el imperio de la libertad que había experimentado en los últimos años. Hasta en los Estados Unidos se debaten estos temas, en el peculiar entorno político e ideológico generado por los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Pero es indudable que nuestro país padece de una gravísima y endémica debilidad institucional que es sistemáticamente potenciada por las pretensiones hegemónicas de los presidentes. Kirchner no es la excepción, sino la regla.

Es cierto que en su caso llama la atención la naturalidad y hasta el desparpajo con que desarrolla sus objetivos; también, la sobreutilización del estilo confrontativo y de las interpretaciones simplistas y maniqueas del pasado, del presente y del futuro.

Se trata de elementales recursos expresivos que pueden encontrarse en cualquier manual de discurso populista y autoritario. Esto incluye la negación del diálogo y el consenso como elementos constitutivos de la cultura democrática. Lo mismo ocurre con la aceptación de las diferencias y la tolerancia a las críticas.


El autoritarismo populista no acepta la diversidad ni propone matices que permitan el acuerdo entre las distintas partes (los partidos polítcos) que representan a los ciudadanos en un sistema democrático.

Más aún, enfatiza el decisionismo (la toma de decisiones, el "mejor que decir es hacer") como fin último de la política.

En este contexto, el papel de la oposición es sencillamente crucial. En ella descansa la posibilidad de que se mantengan, aunque sea mínimamente, los resortes fundamentales de la República.

Debe tratarse de una oposición que enfatice justamente los valores democráticos, la calidad institucional y los principios formales que establece nuestra Constitución nacional, que suelen fastidiar tanto a nuestros hiperpresidentes.

Debe ser una oposición capaz de presentar alternativas coherentes de política pública que enriquezcan el debate (aunque el oficialismo se niegue a darlo) y, sobre todo, para que la ciudadanía tenga opciones efectivas a lo hora de votar.

Incluso debe estar dispuesta a cooperar con el Poder Ejecutivo en cuestiones fundamentales para el desarrollo humano, como la lucha contra la pobreza, la educación y la salud.

Teniendo en cuenta el estilo particular y los valores del presidente Néstor Kirchner y de la coalición que ha consolidado, la responsabilidad de evitar una reversión autoritaria ha caído exclusivamente en la oposición y, eventualmente, en la Justicia, sobre todo en la Corte Suprema.

Es mucho lo que está en juego. Veremos si están a la altura de las circunstancias.

El autor es director de Poliarquía Consultores y Profesor de la Universidad Torcuato Di Tella.

Fuente: Diario LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=768418