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16.03.03¡MUERTE A LA PERRA FASCISTA!
Madrid (Firmas Press)-- Primero me llegó por internet una truculenta caricatura firmada por unas supuestas " Fuerzas Progresistas Colombianas". Traía el rostro ensangrentado de Marta Lucía Ramírez, la ministra de Defensa de Colombia, cruzado por dos grandes huesos y una leyenda feroz: "¡Muerte a la perra fascista!" Menudo "progresismo"Por Carlos Alberto Montaner
Madrid (Firmas Press)-- Primero me llegó por internet una truculenta caricatura firmada por unas supuestas ''Fuerzas Progresistas Colombianas''. Traía el rostro ensangrentado de Marta Lucía Ramírez, la ministra de Defensa de Colombia, cruzado por dos grandes huesos y una leyenda feroz: ''¡Muerte a la perra fascista!'' Menudo ''progresismo''. Era el inicio de una ofensiva. A los pocos días el canciller venezolano Roy Chaderton la emprendió contra ella, en lo que seguramente es ya una campaña internacional perfectamente orquestada.
¿Por qué ese súbito ataque personal de Chaderton contra Marta Lucía Ramírez, tan impropio del lenguaje diplomático? La razón es muy simple: el gobierno de Hugo Chávez, sus aliados colombianos de las FARC y del ELN, más los inevitables servicios cubanos de inteligencia, asesores y cómplices de unos y otros, han percibido con bastante exactitud que la joven ministra es un durísimo escollo en el camino de las guerrillas comunistas por poner de rodillas a la sociedad colombiana y forjar ese soñado ``eje bolivariano Chávez-Castro-Tirofijo con que delira el coronel venezolano.
La ministra, una mujer elegante, sobria y elocuente, con pinta de presidenta de una multinacional, en los pocos meses que lleva al frente de su departamento, interpretando fielmente las instrucciones del presidente Alvaro Uribe, ha puesto en pie de guerra a batallones de alta montaña, a unidades de soldados-campesinos, y a un sinfín de ciudadanos hartos de la violencia que en forma anónima aportan valiosas informaciones contra las narcoguerrillas.
Estas tácticas han contribuido a cambiar el signo de la guerra. Ya los hombres del Mono Jojoy o cualquiera de los otros sacatripas que lo acompañan perdieron la ofensiva. Es el ejército el que sale a perseguirlos, y las narcoguerrillas se esconden y recurren al terrorismo urbano como forma de venganza porque les resulta mucho más difícil presentar batalla en las selvas o en las montañas. Tirofijo, por ejemplo, en los momentos de peligro suele cruzar la frontera con Venezuela y allí, protegido por los chavistas, se guarece plácidamente de la persecución de sus enemigos.
Sin embargo, la coalición Chávez-FARC-ELN, auxiliada por ''los cubanos'', no ha decidido tratar de destruir a Marta Lucía Ramírez sólo por el curso de la estrategia antiinsurgente seguida por su ministerio. Lo que en verdad asustó a los subversivos fue el éxito diplomático de la funcionaria en su viaje a España, el grado de solidaridad que despertó su conferencia en la Fundación Elcano, y la intensidad de los compromisos pactados con el gobierno español a partir de ese momento.
Era la primera vez que un ministro colombiano llamaba a las puertas de una capital europea y regresaba a casa con el regalo de ocho aviones Mirage debajo del brazo, ampliando con ello el signo de las alianzas militares, pues hasta ese momento parecía que en el terreno militar Bogotá sólo dependía de la ayuda de Estados Unidos. Los aviones, es cierto, eran algo anticuados para los estándares del primer mundo y poco útiles en la lucha contra la guerrilla, pero resultaban extraordinariamente eficaces para interceptar y destruir avionetas cargadas de cocaína, o en el hipotético caso de que el aventurerismo de Chávez acabe provocando un conflicto entre las dos naciones, ''escenario'' no del todo imposible si se toma en cuenta el compromiso creciente entre el coronel venezolano y las narcoguerrillas colombianas.
¿A qué temen los estrategas de Chávez, Castro y Tirofijo? A que la solidaridad española con la democracia colombiana sea el preludio de un esfuerzo bélico iberoamericano concertado para terminar con un cáncer que afecta a toda la región andina. Para las narcoguerrillas comunistas es mucho más sencillo presentar su lucha como un enfrentamiento entre Bogotá y Washington de una parte, y del otro ''las fuerzas progresistas'', que enmarcarlo en un conflicto entre las naciones democráticas de Iberoamérica, auxiliadas por Estados Unidos, decididas a preservar en Colombia el estado de derecho, y de la otra los grupos terroristas, aliados al tráfico de estupefacientes.
Para los fines de forjar esa amplia alianza ha sido una buena idea de Uribe colocar a una mujer al frente del Ministerio de Defensa. Una mujer ejecutiva y enérgica, pero con rostro humano, representante al fin y al cabo de la sociedad civil que sufre anualmente los treinta y cinco mil asesinatos y casi cuatro mil secuestros, y no a un militar convencional con gorra de plato y aspecto marcial. El elemento más importante del conflicto colombiano se dirime, por supuesto, en los diversos frentes militares y policíacos, pero tiene una dimensión política y diplomática de una enorme magnitud de la que acaso depende la efectividad del esfuerzo antisubversivo.
Cuando Eugene Delacroix, que entendía muy bien el lenguaje de los símbolos, quiso expresar lo que fue la revolución francesa, pintó un cuadro de dimensiones heroicas titulado La Libertad guiando al pueblo, en el que una hermosa mujer con el pecho descubierto y una bandera tricolor en la mano conduce a los demócratas armados por encima de los cadáveres. La señora Ramírez, enfundada en un pudoroso traje de sastre, está haciendo ese mismo papel con una pasmosa habilidad.
Marzo 16, 2003
Por Carlos Alberto Montaner
Madrid (Firmas Press)-- Primero me llegó por internet una truculenta caricatura firmada por unas supuestas ''Fuerzas Progresistas Colombianas''. Traía el rostro ensangrentado de Marta Lucía Ramírez, la ministra de Defensa de Colombia, cruzado por dos grandes huesos y una leyenda feroz: ''¡Muerte a la perra fascista!'' Menudo ''progresismo''. Era el inicio de una ofensiva. A los pocos días el canciller venezolano Roy Chaderton la emprendió contra ella, en lo que seguramente es ya una campaña internacional perfectamente orquestada.
¿Por qué ese súbito ataque personal de Chaderton contra Marta Lucía Ramírez, tan impropio del lenguaje diplomático? La razón es muy simple: el gobierno de Hugo Chávez, sus aliados colombianos de las FARC y del ELN, más los inevitables servicios cubanos de inteligencia, asesores y cómplices de unos y otros, han percibido con bastante exactitud que la joven ministra es un durísimo escollo en el camino de las guerrillas comunistas por poner de rodillas a la sociedad colombiana y forjar ese soñado ``eje bolivariano Chávez-Castro-Tirofijo con que delira el coronel venezolano.
La ministra, una mujer elegante, sobria y elocuente, con pinta de presidenta de una multinacional, en los pocos meses que lleva al frente de su departamento, interpretando fielmente las instrucciones del presidente Alvaro Uribe, ha puesto en pie de guerra a batallones de alta montaña, a unidades de soldados-campesinos, y a un sinfín de ciudadanos hartos de la violencia que en forma anónima aportan valiosas informaciones contra las narcoguerrillas.
Estas tácticas han contribuido a cambiar el signo de la guerra. Ya los hombres del Mono Jojoy o cualquiera de los otros sacatripas que lo acompañan perdieron la ofensiva. Es el ejército el que sale a perseguirlos, y las narcoguerrillas se esconden y recurren al terrorismo urbano como forma de venganza porque les resulta mucho más difícil presentar batalla en las selvas o en las montañas. Tirofijo, por ejemplo, en los momentos de peligro suele cruzar la frontera con Venezuela y allí, protegido por los chavistas, se guarece plácidamente de la persecución de sus enemigos.
Sin embargo, la coalición Chávez-FARC-ELN, auxiliada por ''los cubanos'', no ha decidido tratar de destruir a Marta Lucía Ramírez sólo por el curso de la estrategia antiinsurgente seguida por su ministerio. Lo que en verdad asustó a los subversivos fue el éxito diplomático de la funcionaria en su viaje a España, el grado de solidaridad que despertó su conferencia en la Fundación Elcano, y la intensidad de los compromisos pactados con el gobierno español a partir de ese momento.
Era la primera vez que un ministro colombiano llamaba a las puertas de una capital europea y regresaba a casa con el regalo de ocho aviones Mirage debajo del brazo, ampliando con ello el signo de las alianzas militares, pues hasta ese momento parecía que en el terreno militar Bogotá sólo dependía de la ayuda de Estados Unidos. Los aviones, es cierto, eran algo anticuados para los estándares del primer mundo y poco útiles en la lucha contra la guerrilla, pero resultaban extraordinariamente eficaces para interceptar y destruir avionetas cargadas de cocaína, o en el hipotético caso de que el aventurerismo de Chávez acabe provocando un conflicto entre las dos naciones, ''escenario'' no del todo imposible si se toma en cuenta el compromiso creciente entre el coronel venezolano y las narcoguerrillas colombianas.
¿A qué temen los estrategas de Chávez, Castro y Tirofijo? A que la solidaridad española con la democracia colombiana sea el preludio de un esfuerzo bélico iberoamericano concertado para terminar con un cáncer que afecta a toda la región andina. Para las narcoguerrillas comunistas es mucho más sencillo presentar su lucha como un enfrentamiento entre Bogotá y Washington de una parte, y del otro ''las fuerzas progresistas'', que enmarcarlo en un conflicto entre las naciones democráticas de Iberoamérica, auxiliadas por Estados Unidos, decididas a preservar en Colombia el estado de derecho, y de la otra los grupos terroristas, aliados al tráfico de estupefacientes.
Para los fines de forjar esa amplia alianza ha sido una buena idea de Uribe colocar a una mujer al frente del Ministerio de Defensa. Una mujer ejecutiva y enérgica, pero con rostro humano, representante al fin y al cabo de la sociedad civil que sufre anualmente los treinta y cinco mil asesinatos y casi cuatro mil secuestros, y no a un militar convencional con gorra de plato y aspecto marcial. El elemento más importante del conflicto colombiano se dirime, por supuesto, en los diversos frentes militares y policíacos, pero tiene una dimensión política y diplomática de una enorme magnitud de la que acaso depende la efectividad del esfuerzo antisubversivo.
Cuando Eugene Delacroix, que entendía muy bien el lenguaje de los símbolos, quiso expresar lo que fue la revolución francesa, pintó un cuadro de dimensiones heroicas titulado La Libertad guiando al pueblo, en el que una hermosa mujer con el pecho descubierto y una bandera tricolor en la mano conduce a los demócratas armados por encima de los cadáveres. La señora Ramírez, enfundada en un pudoroso traje de sastre, está haciendo ese mismo papel con una pasmosa habilidad.
¿Por qué ese súbito ataque personal de Chaderton contra Marta Lucía Ramírez, tan impropio del lenguaje diplomático? La razón es muy simple: el gobierno de Hugo Chávez, sus aliados colombianos de las FARC y del ELN, más los inevitables servicios cubanos de inteligencia, asesores y cómplices de unos y otros, han percibido con bastante exactitud que la joven ministra es un durísimo escollo en el camino de las guerrillas comunistas por poner de rodillas a la sociedad colombiana y forjar ese soñado ``eje bolivariano Chávez-Castro-Tirofijo con que delira el coronel venezolano.
La ministra, una mujer elegante, sobria y elocuente, con pinta de presidenta de una multinacional, en los pocos meses que lleva al frente de su departamento, interpretando fielmente las instrucciones del presidente Alvaro Uribe, ha puesto en pie de guerra a batallones de alta montaña, a unidades de soldados-campesinos, y a un sinfín de ciudadanos hartos de la violencia que en forma anónima aportan valiosas informaciones contra las narcoguerrillas.
Estas tácticas han contribuido a cambiar el signo de la guerra. Ya los hombres del Mono Jojoy o cualquiera de los otros sacatripas que lo acompañan perdieron la ofensiva. Es el ejército el que sale a perseguirlos, y las narcoguerrillas se esconden y recurren al terrorismo urbano como forma de venganza porque les resulta mucho más difícil presentar batalla en las selvas o en las montañas. Tirofijo, por ejemplo, en los momentos de peligro suele cruzar la frontera con Venezuela y allí, protegido por los chavistas, se guarece plácidamente de la persecución de sus enemigos.
Sin embargo, la coalición Chávez-FARC-ELN, auxiliada por ''los cubanos'', no ha decidido tratar de destruir a Marta Lucía Ramírez sólo por el curso de la estrategia antiinsurgente seguida por su ministerio. Lo que en verdad asustó a los subversivos fue el éxito diplomático de la funcionaria en su viaje a España, el grado de solidaridad que despertó su conferencia en la Fundación Elcano, y la intensidad de los compromisos pactados con el gobierno español a partir de ese momento.
Era la primera vez que un ministro colombiano llamaba a las puertas de una capital europea y regresaba a casa con el regalo de ocho aviones Mirage debajo del brazo, ampliando con ello el signo de las alianzas militares, pues hasta ese momento parecía que en el terreno militar Bogotá sólo dependía de la ayuda de Estados Unidos. Los aviones, es cierto, eran algo anticuados para los estándares del primer mundo y poco útiles en la lucha contra la guerrilla, pero resultaban extraordinariamente eficaces para interceptar y destruir avionetas cargadas de cocaína, o en el hipotético caso de que el aventurerismo de Chávez acabe provocando un conflicto entre las dos naciones, ''escenario'' no del todo imposible si se toma en cuenta el compromiso creciente entre el coronel venezolano y las narcoguerrillas colombianas.
¿A qué temen los estrategas de Chávez, Castro y Tirofijo? A que la solidaridad española con la democracia colombiana sea el preludio de un esfuerzo bélico iberoamericano concertado para terminar con un cáncer que afecta a toda la región andina. Para las narcoguerrillas comunistas es mucho más sencillo presentar su lucha como un enfrentamiento entre Bogotá y Washington de una parte, y del otro ''las fuerzas progresistas'', que enmarcarlo en un conflicto entre las naciones democráticas de Iberoamérica, auxiliadas por Estados Unidos, decididas a preservar en Colombia el estado de derecho, y de la otra los grupos terroristas, aliados al tráfico de estupefacientes.
Para los fines de forjar esa amplia alianza ha sido una buena idea de Uribe colocar a una mujer al frente del Ministerio de Defensa. Una mujer ejecutiva y enérgica, pero con rostro humano, representante al fin y al cabo de la sociedad civil que sufre anualmente los treinta y cinco mil asesinatos y casi cuatro mil secuestros, y no a un militar convencional con gorra de plato y aspecto marcial. El elemento más importante del conflicto colombiano se dirime, por supuesto, en los diversos frentes militares y policíacos, pero tiene una dimensión política y diplomática de una enorme magnitud de la que acaso depende la efectividad del esfuerzo antisubversivo.
Cuando Eugene Delacroix, que entendía muy bien el lenguaje de los símbolos, quiso expresar lo que fue la revolución francesa, pintó un cuadro de dimensiones heroicas titulado La Libertad guiando al pueblo, en el que una hermosa mujer con el pecho descubierto y una bandera tricolor en la mano conduce a los demócratas armados por encima de los cadáveres. La señora Ramírez, enfundada en un pudoroso traje de sastre, está haciendo ese mismo papel con una pasmosa habilidad.
Marzo 16, 2003
