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06.12.05

Bolivia atrapada en un juego de suma cero

Por Rogelio Núñez

Toda la atención está centrada estos días en lo que sucederá en Bolivia el próximo 18 de diciembre en los comicios presidenciales que se celebrarán en este país andino. Pero más allá de quién será el triunfador (el líder cocalero Evo Morales o el dirigente derechista Jorge Quiroga e incluso algo más improbable pero no imposible el empresario Samuel Doria Molina), lo que realmente se está jugando Bolivia como país es lograr la estabilidad política. En definitiva, abandonar el marasmo institucional en el que se encuentra atrapada desde hace al menos dos años para alcanzar la gobernabilidad.

Ser pesimista con respecto a la situación de la mayoría de los países de América latina se ha convertido en un tópico en exceso manido por aquellos que ven la región con clichés y estereotipos que se antojan más del pasado que del presente. El caso de Chile, las potencialidades de Brasil, la estabilidad en Costa Rica, e incluso la transición en México de un régimen como el del PRI a un sistema sin monopolios, demuestran la madurez que poco a poco va alcanzando la zona, desde que cayeran a lo largo de los años 80 los regímenes militares. Sin embargo, en el caso boliviano, existen pocos datos que permitan observar la situación con optimismo. Cuatro factores llevan a pensar que después del día 18 la gobernabilidad no estará asegurada en Bolivia y que la estabilidad estará incluso más lejos de lo que se encuentra en estos momentos.

En primer lugar, la propia conformación interna de las dos coaliciones favoritas, PODEMOS y el MAS, hace prever que gane quien gane se verá enfrentado a unos difíciles equilibrios dentro de las propias fuerzas de las que obtienen apoyo. Tanto Evo como Quiroga encabezan cada uno una amplia y laxa coalición de fuerzas e intereses dispersos, sólo unidos, de manera coyuntural, para estos comicios. Jorge Quiroga, candidato de PODEMOS, decidió en su momento construir su base partidaria a espaldas de su antiguo partido, Acción Democrática Nacionalista (con el que fue vicepresidente de Hugo Banzer entre 1997 y 2001 y presidente tras la renuncia por enfermedad del ex dictador durante un año (2001-2002). Quiroga prefirió ir conformando una alianza a través de la cooptación de determinados hombres fuertes y grupos sociales en los ámbitos locales. Esta estrategia ha empezado a demostrar su debilidad cuando ni siquiera se han celebrado las elecciones y ya han empezado a aparecer divisiones y enfrentamientos, siendo el más notable, hasta ahora, el protagonizado por uno de sus principales aliados: el candidato a prefecto de La Paz, José Luis Paredes, quien ha criticado duramente los senderos por los que transita la campaña de Quiroga, a quien ha acusado de estar contribuyendo a polarizar aún más el país.

Pero la coherencia interna tampoco es una de las virtudes del MAS. Evo Morales saltó a la arena pública como un líder de los sectores cocaleros pero en la actualidad su movimiento va mucho más allá de los reclamos gremiales. En una inteligente estrategia ha buscado el respaldo de la clase media y de los intelectuales de la izquierda (cuyo mejor representante es su candidato a vicepresidente, Álvaro García Linera) quienes por su parte han visto en Evo Morales a un líder populista y popular que les puede permitir el acceso a un poder del que han estado alejados desde los años 70. Sin embargo, dentro del MAS conviven cocaleros, dirigentes de la izquierda tradicional, clases medias, líderes campesinos e intelectuales, una mixtura de difícil cohesión, pues ni siquiera entre las federaciones cocaleras existe la unidad monolítica que suelen pregonar.

Además de la escasa cohesión interna de las dos coaliciones que pueden ganar en los comicios del 18 de diciembre, otro de los graves problemas que pueden atentar contra la gobernabilidad en el periodo postelectoral (así como a lo largo de el próximo periodo presidencial), es la fuerte polarización política que vive el país. Una polarización que no ha nacido en esta campaña, aunque en la actualidad se ha hecho más patente, sino que está enraizada, a largo plazo, en la propia historia del país y, en el corto plazo, desde la llamada Guerra del Agua de Cochabamba de 2000. En abril de ese año, durante casi una semana el poder del Estado prácticamente desapareció en el valle de Cochabamba ya que la ciudad estuvo tomada por la multitud y las carreteras totalmente bloqueadas. El presidente Bánzer, teóricamente un gobierno de mano dura recordando su etapa como dictador entre 1971 y 1978, tuvo que retroceder ante las protestas, accediendo a la demanda de anulación del contrato de concesión al consorcio transnacional "Aguas del Tunari" de la explotación del agua de esta región y se vio obligado a la modificación de la Ley de Agua Potable y Alcantarillado Sanitario. Esos sucesos supusieron un corte dentro del devenir político del país que desde 1985, cuando alcanzó la estabilidad política y económica, había ido construyendo un régimen de libertades y alternancia en el poder no exento, si bien es cierto, de corrupción, cuoteo y componendas.

A raíz de la Guerra del Agua quedó claro para las organizaciones sociales de izquierda que por medio de la movilización, los disturbios y las medidas al margen de la ley se podían conseguir los objetivos deseados. De esa manera, los diferentes gobiernos que se han sucedido en el país han estado marcados por el chantaje de las movilizaciones, las cuales dejaron debilitado al gobierno del ex dictador Hugo Bánzer (1997-2001), acabaron derrocando a Gonzalo Sánchez de Lozada (2002-2003) y no dejaron gobernar a Carlos Mesa (2003-2004). Además, la debilidad del Estado, que llegó a su extremo cuando las fuerzas policiales y las Fuerzas Armadas se enfrentaron en las calles de La Paz en febrero de 2003, quedó también en evidencia por la mezcla de inoperancia ante los disturbios y la dura represión, la cual acabó causando 70 muertos en octubre de 2003 y provocando la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada.

Un futuro gobierno de Quiroga se vería desde el primer día acosado por Evo y sus seguidores, quienes recurrirían al arma que mejor conocen y que mejores resultados les ha dado: desencadenar bloqueos y paralizar el país. No es la primera vez que desde el entorno del dirigente cocalero se lanzan mensajes que suenan más a chantaje que a otra cosa, como hizo el líder sindical Román Loayza cuando afirmó que "Evo Morales va a ser presidente de a buenas o de a malas y lo digo con toda sinceridad… (el ex presidente Jorge) Quiroga no va a aguantar ni seis meses (...) para eso ya tenemos conversado con algunos militares y algunos de la Policía. Posiblemente sin echar sangre vamos a entrar a palacio (de Gobierno)".

Por su parte, un triunfo de Morales podría provocar que el líder del MAS tuviera la tentación de implementar su programa con poco más de un 30% de los votos. Algo, por cierto, que intentó hacer en su momento Salvador Allende con las consecuencias que todos conocemos puesto que cuando se ganan unas elecciones, pero se carece de mayoría, lo que toca hacer es pactar y transar, nunca imponer. Además, Evo Morales es sinónimo de populismo y el último recurso del populismo cuando se siente aislado y acorralado es el de excitar las pasiones más bajas, es decir el nacionalismo radical. Y en Bolivia, el nacionalismo surge con mucha facilidad debido a la herida eternamente abierta que supone su mediterraneidad. No parece muy difícil pensar que si un futuro gobierno de Evo Morales se viera atrapado en sus propias contradicciones, buscaría un fácil remedio: echar la culpa de sus desgracias a Chile, el vecino exitoso con el cual existe un añejo contencioso. Además, un futuro gobierno del MAS no contará con suficientes votos en el legislativo que estará dominado por los seguidores de Tuto, como es conocido Jorge Quiroga, quien hasta el momento no ha dado muestras de querer acercarse a su rival al que, sin pruebas, ha calificado como narcotraficante. En definitiva, ambos candidatos están dispuestos a bloquearse mutuamente y en ese juego de suma cero sólo existe un claro perdedor, la propia Bolivia.

El tercer factor de desestabilización para el futuro gobierno boliviano procede de la propia estructura del país. Las tensiones entre Santa Cruz, la provincia más fuerte económicamente, y el Altiplano (encarnado en La Paz y El Alto) ponen en serio riesgo la viabilidad de esta nación, teniendo en cuenta, sobre todo, que los lineamientos regionales coinciden con los partidistas: el MAS es muy fuerte en el Altiplano y débil en Santa Cruz, mientras que PODEMOS tiene en el Oriente su bastión y en el Altiplano su principal asignatura pendiente. Desde algunas visiones catastrofistas se levanta la teoría de que Santa Cruz, que encabeza un proyecto autonomista, podría separarse del resto del país y constituirse en un nuevo Estado. Esta hipótesis tiene escasos seguidores en el propio Oriente boliviano donde son conscientes de que una Santa Cruz independiente caería irremisiblemente dentro de la influencia argentina, y sobre todo, de la brasileña, por lo que no pasaría de ser un microestado sin autonomía ni capacidad de iniciativa, por muchas riquezas que atesore. Más factible, sin embargo, es que la tensión entre Santa Cruz, el motor económico de la nación, y el Altiplano, el corazón político del país, envenene aún más la convivencia política, poniendo en grave riesgo al propio sistema democrático, ya de por sí muy deteriorado.

Por ultimo, la situación geoestratégica de Bolivia permite entender muchos de los procesos que están teniendo lugar en el país. Una geoestrategia que está condicionada por la potencialidad energética que acumula Bolivia en cuanto a reservas de gas, clave en una coyuntura como la actual de crisis energética. Además, Bolivia representa para Hugo Chávez un eslabón clave en su proyecto para el Continente. Está claro que el presidente venezolano necesita, y busca, ansiosamente aliados ideológicos en la región en los que apoyarse. La única alianza segura es, por el momento, con la Cuba de Fidel Castro ya que los apoyos que pueda recibir de Lula y Néstor Kirchner son coyunturales e interesados, aunque el argentino asume posturas cada vez más estridentes. Evo Morales, como presidente, dependería mucho más de Hugo Chávez que el resto de líderes de la izquierda latinoamericana, los cuales miran al dirigente venezolano con una mezcla de recelo y necesidad.

Bolivia es asimismo una pieza codiciada por sus vecinos y por otros países con fuertes intereses, como son España y Estados Unidos. Sus vecinos aspiran a que Bolivia se estabilice y colabore con sus ingentes reservas de gas e hidrocarburos en la creación de un anillo energético que termine con la escasez de energía en la región, que puede conducir en breve a la economía sudamericana a un cuello de botella. Estados Unidos y España tienen tal nivel de inversiones en Bolivia que este país se ha convertido en una zona estratégica para ambas naciones y muy sensible para sus economías. Los conflictos de intereses entre las potencias de la región y las extraregionales sin duda acabarán influyendo en el discurrir de los acontecimientos de Bolivia, pues en los Andes se juega mucho del devenir de la región.

Las soluciones para Bolivia no son fáciles pues sus propias élites son tan sectarias y se encuentran tan divididas y enfrentadas que seguir por el camino adecuado (el de los Pactos de la Moncloa en España o el consenso generalizado que existen en la derecha y la izquierda en Chile con respecto al modelo) se antoja hoy como una utopía. Un marco adecuado para tal acercamiento sería la proyectada Asamblea Constituyente que debe reunirse el año que viene para reformar la estructura institucional del país. Sin embargo, de llegarse a ese conclave en tal estado de división y enfrentamiento lo que salga de allí sólo redundará en acentuar la animadversión entre los contrarios.

Lo único que parece claro es que si Bolivia quiere salir del hoyo en el que se encuentra, su propia sociedad y sus dirigentes están condenados a sentarse a dialogar y a buscar los mínimos común denominadores. Porque sólo una vez alcanzada la estabilidad política e institucional Bolivia, que tiene sumida a una parte considerable de su población en la pobreza, podrá recibir las inversiones extranjeras y generar confianza necesarias para entrar en la senda del desarrollo. Algo que, en estos momentos, ni Evo Morales ni Jorge Quiroga parecen capaces de garantizar pues su juego de suma cero conduce a Bolivia directamente hacia el abismo.

Rogelio Núñez es Periodista, Doctor en Historia de América Latina Contemporánea y Profesor en la Facultad de Comunicación Universidad de los Andes (Chile).