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06.03.03

El incidente de las preferencias europeas: ¿qué debe aprender Colombia?

Al momento de escribir esta nota, todo nuestro país se halla en un estado de angustiosa espera. En efecto, dentro de poco tiempo debe conocerse una decisión final de la Comisión Europea
Por Andrés Mejía-Vergnaud

Al momento de escribir esta nota, todo nuestro país se halla en un estado de angustiosa espera. En efecto, dentro de poco tiempo debe conocerse una decisión final de la Comisión Europea sobre las preferencias arancelarias de que gozan ciertos productos colombianos en su ingreso a la Unión Europea. Estos productos incluyen las frutas, hortalizas y flores; las mencionadas preferencias tienen el propósito de ayudar a combatir la expansión de los cultivos ilícitos. Desde un punto de vista moral, se ha considerado que tales ventajas son el precio que Europa paga por los efectos que el consumo de droga de sus ciudadanos tiene en nuestro país. De dejarse en firme la tan temida decisión, muchos de nuestros agricultores se verán afectados, y con seguridad para un buen número de ellos será duro resistir la tentación de los cultivos ilícitos. Para muchos, será cuestión de superviviencia. El Ministro de Comercio Jorge Humberto Botero, con un tono de justa desilusión, ha lamentado que tras las vigorosas gestiones hechas por nuestro gobierno para mantener las preferencias, la Unión Europea se haya decidido por su cancelación.
Aunque finalmente las presiones de última hora logren que tal medida no cobre efecto, el sólo hecho de haberla anunciado y haberla considerado seriamente nos dice mucho sobre el verdadero carácter de la Unión Europea y su pretendida vocación política humanista de la que tanto gustan sus líderes presumir, en especial cuando se comparan con Estados Unidos. Y esto nos resultará más fácil de ver si analizamos este último hecho en su contexto.
Los colombianos no podemos olvidar que, hace ya unos meses, la Unión Europea declaró a los grupos paramilitares como terroristas, al tiempo que expresamente rehusó hacer lo mismo con las FARC y el ELN, y sólo lo hicieron cuando se les vino el mundo encima. Los colombianos sentimos, en ese momento, que mientras en nuestro país la guerrilla hacía correr ríos de sangre, secuestraba personas diariamente, y arruinaba nuestra vida diaria con el terrorismo, un puñado de intelectuales snob que presumen de tener una mentalidad muy avanzada se negaban a ver esta realidad. ¿Pero eran realmente estos líderes europeos tan brillantes? No lo son, y la mejor prueba de ello es que fueron víctimas muy dóciles de la propaganda de las FARC y el ELN. Por cierto, mientras las FARC continúan en su campaña terrorista, mantienen libremente en Suecia una emisora, una agencia de noticias, y reciben cuantioso apoyo económico de grupos políticos de ese país.
En aquella ocasión fuimos víctimas de una Europa en la cual el snobismo y la arrogancia política dominan sobre las consideraciones racionales. Hoy, en el asunto de las preferencias arancelarias, somos víctimas de una Europa que no tiene un auténtico compromiso con la integración comercial ni profesa una convicción sincera en las bondades del libre comercio. Estados Unidos, país que tanto le gusta a los Europeos despreciar y ridiculizar, y frente al cual no dejan de sentirse superiores, tiene un compromiso mucho mayor con el libre comercio, pese a algunos reveses que en esta materia se han dado. El comercio libre con Estados Unidos no sólo ha enriquecido a este país, sino que ha puesto a muchos otros países en el camino de la prosperidad.
Sin importar si la decisión anunciada por los europeos entra en efecto o no, hay una clara lección que Colombia debe sacar de esto, y sobre la cual ya habíamos advertido en un artículo anterior (“Libre comercio: apostemos a lo grande”): Colombia debe concentrar todos sus esfuerzos en lograr un acuerdo BILATERAL de comercio con Estados Unidos. No podemos seguir dependiendo de la volátil comunidad andina, ni podemos estar pensando en una Europa que aún está resolviendo sus problemas de identidad.

Andrés Mejía Vergnaud es Director de la Fundación DL, en Bogotá, Colombia.