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11.10.05

Progres que utilizan la pobreza

Por Sylvina Walger

"Vóteme", exigía la candidata justicialista Inés Pérez Suárez cada vez que donaba un par de zapatillas a los vecinos de una villa de Barracas en las últimas elecciones que conoció el 2001.

Poner el grito en el cielo porque se han descubierto prácticas clientelares en los dos PJ que gobiernan el país es bastante careta, por utilizar un término afín a los jóvenes. Hasta donde se sabe, el clientelismo forma parte del genoma local y ni qué hablar en los feudos del interior. ¿Qué otra cosa puede esperarse de un país que venera a los caudillos casi tanto como a la Virgen de San Nicolás?

El trajín de electrodomésticos, en su versión dádivas compravotos (para algunos voto "pago fácil"), a que hemos sido sometidos en esta última semana resultaría cómico si no fuera porque lo que esconde y busca tapar coyunturalmente es la tragedia de la pobreza extrema y sus consecuencias: enfermedades, desocupación y destrucción de neuronas por hambre. Nada de eso lo puede arreglar un televisor o un DVD.

Propio de las sociedades que están a caballo entre la tradición y la modernidad, el clientelismo ha sido al peronismo -salvando las distancias- lo que l´Ecole National d´ Administration (ENA), es decir, la Escuela de la Función Pública, es a Francia: un semillero de cerebros (conocidos allí como enarcas) que manejan la cosa pública independientemente de quien gobierne el país. Así es como, mientras el primer sistema genera una red de fidelidades personales que maneja el cacique de turno, llámese Ishi (que viene con mamá incluida) o Gianettassio, de la segunda egresan aquellos que por méritos propios logran ser considerados aptos para dirigir o asesorar a la Nación, entre ellos el actual Primer Ministro francés. Resultaría ocioso preguntar cuál de los dos países funciona mejor.

Tampoco es novedad enterarse de que el duhaldismo se basa única y exclusivamente en el clientelismo. Lo que resulta paradójico, en cambio, es que esta deleznable y arqueológica práctica -no ilegal pero sí inmoral- involucre también a quienes esgrimen un discurso basado en la justicia social, la solidaridad y los derechos humanos, es decir al kirchnerismo.

Clientelismo y nepotismo son dos caras de una misma moneda y es la particular forma de reproducción que tiene el sistema político argentino. En los municipios, recurrir al apellido del cacique local en las boletas (cosa de que los votantes tengan claro a quien deben obedecer) es un recurso que no desdeña ninguno de los contrincantes del dividido PJ. Del resto poco puede decirse, no tienen plata ni para sacarse la foto.

He aquí algunos ilustrativos ejemplos: Alfredo Atanasof inscribió a su hijo Gonzalo como primer edil del PJ en La Plata. Hugo Curto, el dueño de Tres de Febrero, colocó a su esposa Marta Burgos para encabezar su lista. Martín Sabatella, el intendente progre de Morón, ubicó a su hermano Hernán en segundo lugar para una banca en el Concejo Deliberante.

Quien fuera el maestro asador del menemismo en Ezeiza, el parrillero Alejandro Granados, hoy travestido en kirchnerista, colocó a su señora Dulce Granados como candidata a diputada provincial por el Frente para la Victoria. Y como no se quiso quedar corto, instaló a su hermana Leonor al frente de la lista de concejales.

En el mismo corazón del kirchnerismo, todos aquellos que manejan una caja importante, empezando por la hermana Alicia, son gente de íntima confianza del Presidente de la Nación. Ninguna otra cualidad es importante, sólo la lealtad. Lealtad, clientelismo y nepotismo son los mayores obstáculos para que un país alcance la madurez, la madurez económica. Y en la Argentina, más que desaparecer, estas trabas van camino de afianzarse.

Fuente: Diario La Nación (Buenos Aires)