03.10.05Signos de la crisis política
Por Sergio Berensztein
En teoría, las campañas electorales son un momento clave para el proceso democrático, fundamentalmente en una elección legislativa. Quienes compiten para ser representantes del pueblo deben esforzarse para comunicar su visión del mundo y del lugar que en él puede ocupar un país determinado. Deben, asimismo, definirse en cuestiones ideológicamente controvertidas para que los potenciales votantes comprendan de qué manera se comportarán sus representantes en el Parlamento si resultan elegidos.
También las campañas permiten que el oficialismo defienda su gestión y explique sus planes nuevos, y para que la oposición exprese con toda contundencia sus críticas y proponga ideas y proyectos superadores.
Así, gana toda la ciudadanía y se fortalece la cultura democrática gracias a la competencia política, la disputa de ideas y el debate público de eventuales soluciones. Los candidatos deben conmover a la sociedad con propuestas que generen nuevos horizontes de progreso para todos.
En otras palabras, las campañas deberían servir para explicitar las condiciones del contrato que implica el voto. No puede tratarse de un contrato detallado o restringido, pues siempre surgen situaciones inesperadas en las que los legisladores deben expresarse sin estar en condiciones de consultar a los ciudadanos del distrito que representan. Por eso, si las campañas cumplieran con su misión, los ciudadanos podrían entonces juzgar con bastante exactitud a qué clase de líder le están delegando la facultad de representarlos. Y, de ese modo, contribuir a forjar el destino de la Nación.
Lamentablemente, casi nada de todo esto ocurre en la realidad, y no sólo en la Argentina. Las campañas se han tornado grandes o pequeños negocios dominados por el marketing, los medios de comunicación, los "estrategas", los recaudadores de fondos y también los encuestadores. Independientemente de las virtudes o defectos de un candidato determinado, de su historia y méritos, de su preparación, termina siendo más importante el dinero con el que cuenta para pagar avisos, contratar profesionales calificados y personal de apoyo.
Así, en función de las recomendaciones definidas por el estratega de turno a partir de estudios de opinión pública, tanto cualitativos como cuantitativos, un candidato deberá atacar a tal o cual adversario, o dejar de hacerlo porque "no conviene enfrentar a alguien que es demasiado popular" o "la gente rechaza tanta agresividad".
Se trata, en definitiva, de vender un producto llamado "candidato". Y si los consumidores ya lo han comprado en su carácter de vedettes, actores o ídolos deportivos, pues entonces mucho mejor. La teoría democrática pareciera de este modo quedar arrumbada por imperio de lo que Giovanni Sartori denominó "videopolítica".
Esta realidad no puede sino afectar los recursos y la vitalidad de las instituciones democráticas. Pero habría de compensarse, sin duda, si el sistema político funcionara correctamente: con partidos fuertes; liderazgos respetados y legitimados; independencia y prestigio de los poderes legislativo y judicial; una prensa libre, crítica e incluso exageradamente cáustica; una sociedad civil activa, controladora, sanamente desconfiada y con efectivos mecanismos de participación.
En la Argentina, por el contrario, las campañas parecen acelerar el círculo vicioso de la decadencia política pues carecemos justamente de esa infraestructura institucional necesaria para que su impacto negativo sea al menos limitado. En este contexto, no sorprende el escaso interés que los ciudadanos tienen por la política.
Siempre aparecen esfuerzos individuales meritorios que pugnan por hacer una diferencia peleándola desde abajo y con generosa convicción. Pero son sólo eso: los problemas sistémicos no se arreglan con patriadas, aunque puedan resultar admirables y sean un testimonio moralmente alentador.
Algunos creen que "es necesario llegar para cambiar las cosas desde arriba", aunque eso signifique aceptar las reglas existentes y profundizar la enorme crisis que sigue viviendo la política y que llevó al país a esta penosa situación. Hay aquí una enorme dosis de voluntarismo que no deja de ser estimable, pero que esconde soberbia y una tendencia a simplificar problemas que por naturaleza son muy complejos.
Están quienes creen ganar con el actual estado de cosas, porque coyunturalmente controlan los recursos del poder con pasmosa discrecionalidad. La historia reciente sugiere que estos son los que más se equivocan. Ningún proyecto transformador, ni siquiera conservador, puede afirmarse con fundamentos institucionales tan endebles. El problema radica en las reglas del juego y en la perversa utilización que de ellas hacen los principales actores políticos y sociales. Esto hace que la Argentina se estrelle de manera recurrente y desaproveche contextos internacionales extraordinariamente favorables.
Se trata de un retorcido dilema de acción colectiva en el que perdemos como sociedad. Aunque en el corto plazo, alguno prefiera engañarse con pobres triunfos pasajeros, como dice el tango. Ojalá que esta campaña electoral nos sirva para comprender que por este camino no vamos a ninguna parte. Es imprescindible fortalecer la institucionalidad, el Estado de derecho y la seguridad jurídica con reformas políticas profundas, consensuadas y específicamente diseñadas a tales efectos. Es hora de que salgamos de una buena vez de este laberinto inútil y comencemos a construir una sociedad mejor.
El autor es director de Poliarquía Consultores
Fuente: Diario La Nación
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=743934
En teoría, las campañas electorales son un momento clave para el proceso democrático, fundamentalmente en una elección legislativa. Quienes compiten para ser representantes del pueblo deben esforzarse para comunicar su visión del mundo y del lugar que en él puede ocupar un país determinado. Deben, asimismo, definirse en cuestiones ideológicamente controvertidas para que los potenciales votantes comprendan de qué manera se comportarán sus representantes en el Parlamento si resultan elegidos.
También las campañas permiten que el oficialismo defienda su gestión y explique sus planes nuevos, y para que la oposición exprese con toda contundencia sus críticas y proponga ideas y proyectos superadores.
Así, gana toda la ciudadanía y se fortalece la cultura democrática gracias a la competencia política, la disputa de ideas y el debate público de eventuales soluciones. Los candidatos deben conmover a la sociedad con propuestas que generen nuevos horizontes de progreso para todos.
En otras palabras, las campañas deberían servir para explicitar las condiciones del contrato que implica el voto. No puede tratarse de un contrato detallado o restringido, pues siempre surgen situaciones inesperadas en las que los legisladores deben expresarse sin estar en condiciones de consultar a los ciudadanos del distrito que representan. Por eso, si las campañas cumplieran con su misión, los ciudadanos podrían entonces juzgar con bastante exactitud a qué clase de líder le están delegando la facultad de representarlos. Y, de ese modo, contribuir a forjar el destino de la Nación.
Lamentablemente, casi nada de todo esto ocurre en la realidad, y no sólo en la Argentina. Las campañas se han tornado grandes o pequeños negocios dominados por el marketing, los medios de comunicación, los "estrategas", los recaudadores de fondos y también los encuestadores. Independientemente de las virtudes o defectos de un candidato determinado, de su historia y méritos, de su preparación, termina siendo más importante el dinero con el que cuenta para pagar avisos, contratar profesionales calificados y personal de apoyo.
Así, en función de las recomendaciones definidas por el estratega de turno a partir de estudios de opinión pública, tanto cualitativos como cuantitativos, un candidato deberá atacar a tal o cual adversario, o dejar de hacerlo porque "no conviene enfrentar a alguien que es demasiado popular" o "la gente rechaza tanta agresividad".
Se trata, en definitiva, de vender un producto llamado "candidato". Y si los consumidores ya lo han comprado en su carácter de vedettes, actores o ídolos deportivos, pues entonces mucho mejor. La teoría democrática pareciera de este modo quedar arrumbada por imperio de lo que Giovanni Sartori denominó "videopolítica".
Esta realidad no puede sino afectar los recursos y la vitalidad de las instituciones democráticas. Pero habría de compensarse, sin duda, si el sistema político funcionara correctamente: con partidos fuertes; liderazgos respetados y legitimados; independencia y prestigio de los poderes legislativo y judicial; una prensa libre, crítica e incluso exageradamente cáustica; una sociedad civil activa, controladora, sanamente desconfiada y con efectivos mecanismos de participación.
En la Argentina, por el contrario, las campañas parecen acelerar el círculo vicioso de la decadencia política pues carecemos justamente de esa infraestructura institucional necesaria para que su impacto negativo sea al menos limitado. En este contexto, no sorprende el escaso interés que los ciudadanos tienen por la política.
Siempre aparecen esfuerzos individuales meritorios que pugnan por hacer una diferencia peleándola desde abajo y con generosa convicción. Pero son sólo eso: los problemas sistémicos no se arreglan con patriadas, aunque puedan resultar admirables y sean un testimonio moralmente alentador.
Algunos creen que "es necesario llegar para cambiar las cosas desde arriba", aunque eso signifique aceptar las reglas existentes y profundizar la enorme crisis que sigue viviendo la política y que llevó al país a esta penosa situación. Hay aquí una enorme dosis de voluntarismo que no deja de ser estimable, pero que esconde soberbia y una tendencia a simplificar problemas que por naturaleza son muy complejos.
Están quienes creen ganar con el actual estado de cosas, porque coyunturalmente controlan los recursos del poder con pasmosa discrecionalidad. La historia reciente sugiere que estos son los que más se equivocan. Ningún proyecto transformador, ni siquiera conservador, puede afirmarse con fundamentos institucionales tan endebles. El problema radica en las reglas del juego y en la perversa utilización que de ellas hacen los principales actores políticos y sociales. Esto hace que la Argentina se estrelle de manera recurrente y desaproveche contextos internacionales extraordinariamente favorables.
Se trata de un retorcido dilema de acción colectiva en el que perdemos como sociedad. Aunque en el corto plazo, alguno prefiera engañarse con pobres triunfos pasajeros, como dice el tango. Ojalá que esta campaña electoral nos sirva para comprender que por este camino no vamos a ninguna parte. Es imprescindible fortalecer la institucionalidad, el Estado de derecho y la seguridad jurídica con reformas políticas profundas, consensuadas y específicamente diseñadas a tales efectos. Es hora de que salgamos de una buena vez de este laberinto inútil y comencemos a construir una sociedad mejor.
El autor es director de Poliarquía Consultores
Fuente: Diario La Nación
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=743934
